El poltergeist irreverente

Una vía para la insubordinación, Henri Michaux
Alpha Decay, Barcelona: 2015

En el siglo XXI hay pocas actitudes tan transgresoras como la santidad. Incluso para quien siente una fuerte atracción por lo sobrenatural esta afirmación resulta de lo más perturbadora. Porque además de la evidente carga de delirio que conlleva, incorpora una idea ciertamente inquietante: si no te encuentras con el demonio, no es por su inexistencia, sino por tu mediocridad. ¿Cómo puede uno no querer a H. Michaux? Los mayores problemas de nuestra sociedad tienen mucho que ver con el valor desmesurado del hecho, el acontecimiento, frente a la expresión imborrable de quien ha sido tocado por la gracia. Qué sosa es la letra por sí sola, y qué contundente la encarnación del espíritu en ella. La letra vacía mata, es un arma que se vuelve contra nosotros.

No es este el único acercamiento del poeta franco-belga a la cuestión: cuarenta años antes del presente ensayo publicó  Adversidades, exorcismos, en el que ya planteaba con cierta ambigüedad que un exorcismo se emplea para “mantener en jaque a los poderes circundantes del mundo hostil”, adquiriendo el poema la función ritual necesaria para una correcta ejecución del mismo. Entre la teoría y la imaginación (este conflicto entre tratado y sermón suele producirse en su obra), Michaux presenta un breve relato acerca de la conciencia ante lo sobrenatural y en ocasiones repite una conclusión que coincide con la de uno de los testimonios que recoge: “volved a acostaros, no hay nada que temer”. Pero no por lo inofensivo del fenómeno; hay que volver a la cama porque en la vigilia es cuando realmente nos enfrentamos a nuestros miedos. Así, explica Michaux, la levitación de objetos y los crujidos en el suelo son (aparte de más bellos que cualquier formulación abstracta) una manifestación del deseo de revolución que ahogamos continuamente con nuestra apelación al escepticismo. ¿Por qué Michaux detesta el escepticismo? Porque el escepticismo nunca apunta al escéptico, porque el escéptico siempre está satisfecho consigo mismo, por mucho que presuma de no conocer… y es que el escéptico nunca termina de conocer; pero Michaux dice: no termina de entender por su humildad, sino debido a su bajeza de espíritu. En un contexto donde el ojo nunca se cansa de observar y la lucidez es sustituida por la vehemencia, el mensaje de Michaux es, como mínimo, irreverente.

Lo que por otra parte nos sorprende es que no nos encontramos ante un discurso que arroje luz sobre los fenómenos paranormales que más desconciertan a quienes acuden a ellos preparados para quedar impresionados; tampoco estamos ante un manual filosófico sobre el espiritismo. No es esa la pretensión del libro. Dado que nuestra época tiene serios problemas de identidad y, como apunta Michaux, “hemos sobrestimado a los padres”, se nos propone observar la fenomenología de las casas encantadas, las posesiones y los poltergeist de un modo distinto: el horror como camino de rebeldía, mantener la perplejidad como arma frente a la insana idealización de la desidia por parte de los mediocres, la necesidad de salir de nosotros mismos como modo de esquivar al demonio. O que quizá nos conviene saber que el miedo a la condenación (“la obsesión por las culpas”) dista mucho de la piedad o la espiritualidad, que hay zonas oscuras en la burocracia a las que ni siquiera el demonio tiene acceso.

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Dos vidas enteras

Memorias. Mi vida con Marina (1896-1991), Anastasía Tsvietáieva
Hermida Editores, Madrid: 2018

Sabemos que Anastasía Tsvietáieva nos ha encandilado cuando, apenas hemos pasado un par de páginas, leemos la escena en la que su hermana Marina va al teatro por primera vez y, totalmente absorta en la función, pela una naranja y deja caer las cáscaras al patio de butacas.

Caminar sin accidentes por el fino hilo entre el lirismo y la Historia es un trabajo complicadísimo. Hacerlo durante un libro tan extenso (1.210 páginas), sin agotar al lector, es algo que muy pocas personas pueden completar. Anastasía Tsvietáieva empleó toda su vida en el reconocimiento de su hermana Marina, la inclasificable autora del inagotable Mi madre y la música. Culminó esta función en 1992 (tenía 97 años), con la creación de un museo con su nombre en Moscú. Fue la cumbre de un trabajo titánico que cerraba el primer esfuerzo, en 1971, con la primera edición de sus Memorias. En abril de 2018 se reeditó el libro, con nuevos añadidos, una brillante traducción de Marta Sánchez-Nieves y Olga Korobenko y una excelente revisión que abarca hasta 1991, año en que con la disolución de la Unión Soviética se dispersaban también muchos de sus fantasmas.

El texto va más allá de ofrecernos un testimonio exhaustivo de la historia de Rusia durante el fatalista siglo XX. Para empezar, toma como punto de partida las revoluciones de 1917 (hubo dos ese año, aunque nos haya quedado en la memoria la del mes de octubre), fijando en el lector la idea de que nada más revolucionario que la infancia. Siempre he admirado los ejercicios biográficos que, sin ser exactamente biografías, se empeñan en profundizar en la vida de otro. Poner un talento propio, que casi siempre se pierde en espirales hacia el centro de uno mismo, al servicio de otro, es sencillamente un milagro. Pero es que además, estas Memorias están narradas con una intensidad poco habitual, encuadrando gran parte de la historia en los años de infancia y juventud de las dos hermanas, con esa conciencia de que hace falta suspender la historia, excluirnos de la explicación y justificación de una figura histórica y literaria para comprender verdaderamente la importancia desde una perspectiva fraternal. Al renunciar a hablar por entero de sí misma, la hermana de Marina consigue abarcar más de una vida. Cuando funde las dos memorias, la personal y la de su hermana, en un solo volumen nos demuestra que una vida no termina con la muerte sino con el olvido.

Las Memorias recorren la vida cultural de una sociedad continuamente zarandeada por conflictos internos y acontecimientos externos (como todas las sociedades, pero pocas llegaron hasta el punto de desgajarse como esa naranja del principio). Este es, fundamentalmente, un trabajo de observación desde la cultura. El padre de las Tsvietáieva, Iván, fue el fundador del Museo Pushkin, y la familia trató (a veces con alegría, otras por compromiso) con los grandes autores del siglo: Rilke, Boris Pasternak, Anna Ajmátova, y Gorki, que intercedió por Anastasía en 1933, en la primera de las varias detenciones que sufrió, observadas ahora como marcadores de etapa y no como un aviso recurrente. Porque uno aprende que cada detención era muy diferente de las demás.

Anastasía estuvo varios años deportada en Siberia junto a su hijo, a finales de los años treinta. Ella se mantuvo fuerte, aunque no obtuvo su rehabilitación hasta 1959. Marina y la mitad de su familia estuvieron exiliados en Berlín, Praga y París (su marido fue un contraespía soviético), y perdió a su hija menor Irina. Se suicidó al principio de la Gran Guerra Patria, en 1941, en Yelábuga, territorio donde confluyen el Volga y el Kama. Su rehabilitación llegó también tarde, en 1955.

Anastasía Tsvietáieva falleció en 1993. Cerró el libro y abrió el museo. Entre sus páginas, hasta su propia voz es la historia de una desconocida.

Crónica de la anatomía de una masacre

Los náufragos del «Batavia». Anatomía de una masacre, Simon Leys
Acantilado, Barcelona: 2011

Una de las cosas que más me gustan (y me pierden) de explorar las bibliotecas municipales es que a menudo me encuentro con pequeñas joyas inesperadas, escondidas entre las referencias y las letras adyacentes. Una de ellas fue el relato que Simon Leys realizó sobre la catástrofe del Batavia, una especie de Titanic del siglo XVII y orgullo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que naufragó cerca de Australia en su viaje a Java. Entre los supervivientes del navío (hundido con tesoros de gran valor) se encontraba un exboticario con tintes de psicópata, de nombre Cornelisz, que empujó a los náufragos a una brutal escalada de crímenes y desató el terror en el archipiélago de los Abrolhos, formados esencialmente de arena y pozos de agua dulce. En ochenta páginas fascinantes, el escritor belga desentraña la personalidad de los protagonistas de la historia y analiza con precisión los hechos de esos meses transcurridos desde el hundimiento (del 3 al 4 de junio de 1629) hasta el rescate de los últimos náufragos. El claro mensaje va encerrado en una cita de Edmund Burke: “Para que triunfe el mal solo hace falta que la buena gente no reaccione”. Y de fondo, como caudal, dejó el verso de Eurípides que se encuentra en Ifigenia en Táuride: “El mar lava todos los crímenes de los hombres”. Una frase que nos recuerda a la del profeta Miqueas, pero transcurriendo por vías distintas de pensamiento.

El librito contiene indagaciones sobre personajes tan oscuros e interesantes como el pintor Torrentius, el sobrecargo Francisco Pelsaert, o el patrón del pecio, Ariaen Jacobosz. Para quienes disfrutamos y aprendemos con los relatos de exploración geográfica tomados como base para la exploración del alma humana, es un texto más que recomendable, pues tiende con excelencia puentes entre la composición de la sociedad de la época y los argumentos sobre aquello que forma una civilización contemporánea:

“Una sociedad civilizada no es necesariamente una sociedad que tiene una proporción menor de individuos criminales y perversos (esta proporción es probablemente casi constante en todos los grupos humanos), sino aquella que simplemente les brinda menos oportunidades de manifestar y de satisfacer sus inclinaciones”.

Pero si por algo quiero destacar aquel trabajo de Leys (cuyo nombre verdadero fue Pierre Ryckmans, y falleció en agosto de 2014) es por su asombroso prólogo. Pues en el fondo esta es la historia de un libro naufragado. Leys nos lanza una inquietante advertencia: “¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano, a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto”. Durante dieciocho años, Leys trabajó e investigó en profundidad el suceso, tomando ingentes notas, viajando a aquellas islas deshabitadas, atento a todo lo que se publicaba sobre el tema, planificando hasta la obsesión el modo de abordarlo. Comenta que cada vez que salía un libro sobre el Batavia la tensión y el nerviosismo crecían, para bajar a continuación, cuando veía que el autor no iba por el mismo camino que él, o pecaba de falta de minuciosidad, o erraba en las conclusiones. Hasta que llegó Mike Dash y publicó un libro que desmoronó las aspiraciones de Leys.

Entiendo perfectamente esa frustración, ese temor a que tu texto se vuelva intrascendente, no por incapacidad creadora, sino por llegar demasiado tarde. Cuando uno trabaja en un libro, el miedo al naufragio es constante: se combate una presión interna, indudablemente; pero también puede darse una presión que resulta de ese miedo a que otro “se te adelante”, a que una idea quede desintegrada y sepultada por una pícara novedad que se ha anticipado.

Tratas de convencerte a ti mismo de que no pasa nada si alguien “ya lo dijo antes”. Sin embargo, ante la mínima sospecha de que tu libro lo ha escrito alguien corres a la librería más cercana para comprobarlo. Por no hablar de la sensación, totalmente falsa, de que el mundo gira oportunamente alrededor del tema que estás tratando, para convertirte en el único experto con voz autorizada. Con este panorama, Leys hace algo muy coherente y honesto: admite que ha sido tocado (pero no hundido) y que ya no tiene nada que decir al respecto, da forma a sus notas y a su documentación, y arma una especie de guía con la esperanza de inspirar al lector para que este se aventure a entrar después en el libro de su compañero. Es decir: se da cuenta de que para sortear esta dificultad no se trata de llegar primero, sino más bien de llegar lo más hondo posible. Además del hecho de que cualquier libro siempre nos conducirá de inmediato a otro.

Actualmente el Batavia está cubierto de jirones y bocadillos de coral, mientras que la zona en la que se hundió se emplean como campamentos marinos para las temporadas de pesca de la langosta.

Travesuras serias en la prensa

Irrupciones, Mario Levrero
Criatura Editora (Montevideo), 2013

Los seguidores de Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) que residimos fuera de Uruguay nos acercamos a su obra con la ansiedad e irresponsabilidad de una activa militancia. Mi ejemplar llegó a través de un complejo envío gestionado por la audaz Cecilia Picún, gerente del LibreRío de la Plata, gracias a su especialización en literatura latinoamericana. Y algo de clandestinidad tiene esta serie de ciento veintiséis textos, publicados primero en la revista Posdata (entre febrero de 1996 y junio de 1998), y escondidos años más tarde entre las páginas del suplemento Insomnia, en lo que una segunda edad de la colaboración para tratar de alterar el cambio de siglo. Fue en 2007, en una editorial argentina, cuando se produjo el intento primario de unir los dos volúmenes de Irrupciones publicados en 2001 e intentar dar una unidad a la transversal reunión de obsesiones de su autor, tarea que se ve finalizada con un meritorio trabajo de investigación. Como afirma el prólogo de Polleri, cualquiera de estas febriles irrupciones podría aparecer por unos momentos intercalada en muchos de sus libros, para luego dejar el recuerdo de un sueño al que se echa de menos.

En una de sus últimas entrevistas, cuando aún habitaba en nuestro mundo tridimensional, Levrero hablaba de que cada vez encontraba menos momentos de hipnosis frente al arte. Se me antoja pensar que entre estos textos el lector hallará, una vez leídos y picoteados, muchos pequeños trances, despertará ante breves milagros envasados, querrá coleccionar las posdatas dirigidas a otros escritores, curiosidades dignas del Libro Guinness, o trazados turísticos en círculo. Aquí se incluye lo que necesitamos de nuestro mundo, cosas a las que no queremos ni debemos renunciar: visitas inesperadas de un biólogo a quien nunca se le acaban las anécdotas, movimientos imposibles de ajedrez, interesantes lecturas de la carta a los Hebreos, espantos propios de una sala de espera para el dentista, instrucciones para el afeitado y para los besos, heroísmos de una linda hormiga, discursos rellenos, descartes que solo podían ser publicados con su esplendoroso tachado, la exploración de las tiendas del barrio a las que nunca entramos por un terror infantil que no alcanzamos a explicar… y con el rigor de la seria sonrisa de aquel presente previo a la obtención de la beca Guggenheim.

Hay un Mario Levrero que se permite un cameo entre estas páginas. Es un valor adicional del libro poder asomarnos a la persona (aunque sería más justo decir que él irrumpe), de un modo seguramente más cercano a la idea que él tendría para presentarse a sus lectores. Como breves destellos sobre el agua, el escritor se despoja de la máscara, o abre la puerta de la jaula para que podamos asistir (sentir con mayor intensidad) a la posibilidad de ser verdaderamente libres, ingenuamente nosotros, dolorosamente vivos.

Con este tipo de volúmenes suele quedarnos la duda de la intención comercial. Lo acostumbrado sería apoyar ese deseo completista sobre un autor determinado, pero si somos honestos, hemos de reconocer que una gran cantidad de veces el resultado es irregular, cuando no flojo. No sucede esto con Irrupciones, libro que forma parte de la obra y biografía de Levrero con todas sus implicaciones. Es tan útil para iniciarse en el descubrimiento del uruguayo como puede serlo La novela luminosa o su trilogía involuntaria; es tan desconcertante y lúdica esta recopilación de su producción en prensa (que no periodística) como su vida paralela de guionista de cómics, o creador de juegos y crucigramas. De hecho, esa necesidad del juego obsesivo con la lengua tiene en el contexto de la columna (datado en un período histórico anterior a la disolución de la prensa escrita) un inédito campo para dar salida (consciente) a la poderosa imaginación de Levrero, a su alma delicadamente inquieta. Si la literatura es una mirada al mundo desde una ventana particular, aquí nos dice Levrero que “un hombre mira la lluvia / desde mi ventana. / Luego advierto / que ese hombre soy yo”.

La infancia irrecuperable

Young Austerlitz, W. G. Sebald
Penguin (UK), 2015

Las imágenes más poderosas de mi infancia tienen que ver con trenes y estaciones. No fue hasta que cumplí trece que tuvimos un coche que permitiese el recorrido Málaga—Arjonilla—Málaga que realizábamos varias veces al año para visitar a mi familia paterna. Contábamos con un Seat amarillo de tercera mano que sobrevivió a las inundaciones de mi ciudad a principios de los noventa; pero amenazaba con calentarse y derretirse en cualquier momento, y era preferible usarlo en el centro, para recurrir al transporte público y encontrar pronto un taller llegado el caso. Desde entonces, todos los sueños que he tenido conduciendo un coche (no tengo carnet de conducir) se han producido en aquel curioso utilitario.

Pero hablaba de los trenes y de las estaciones, de cuando los viajes no se hacían largos (aunque lo eran), se conocían personajes extravagantes, se comían bocatas de chorizo y la expansión y apertura al exterior de Europa parecía que debía pasar por la alta velocidad. De cuando las vías de tren eran un verdadero progreso.

También la llegada de un tren a una estación marcó la infancia del joven Austerlitz. La breve narración de la estancia en Gales (que me recordaba a su vez un relato de Dylan Thomas y una canción de John Cale sobre la Navidad de un muchacho en la región) es el episodio que más me conmovió de la novela de W. G. Sebald (Austerlitz), una pequeña gema dentro de un libro que muestra cómo la identidad y la historia de los primeros quince años de un hombre se han desintegrado al volver a Praga y comprobar que no queda nada allí de sus primeros años, que el paso del nazismo por Checoslovaquia ha arrasado con la memoria sin necesidad de instalar un campo de concentración; lo que nos lleva a darnos cuenta, entre otras cosas, de que los horrores derivados de un conflicto sacuden los cimientos de una sociedad, nos identifiquemos con ella o no; que incluso los espectros insistentes y los desaparecidos pueden perder su patria.

Uno de mis cumpleaños recibí este relato incluido dentro de la novela en una sencilla edición de Penguin, editado como parte de una colección conmemorativa del 70º aniversario de la editorial. No he releído otros fragmentos del texto completo (aunque estoy deseando encontrar un hueco para regresar a él, como el mismo Austerlitz regresa a la comodidad de un andén), si bien he repasado este episodio en contadas ocasiones. Sebald estaba especialmente orgulloso del fragmento, ya que en cierto modo sintetizaba su temática habitual y su estilo narrativo: el arraigo a un lugar, o a un objeto, que en esta ocasión contienen una apariencia volátil, el humo de la estación en la vida ociosa tan europea, y las alas de los insectos tan comunes en su afición a la entomología.

El modo en que una persona encaja y entiende su infancia determina gran parte de su carrera. La de Austerlitz en Gales está relacionada con la voz y la elocuencia de Elias, predicador metodista de un pueblo apartado del mundo, que acaba abatido ante la lectura de Jeremías; Austerlitz asocia el andén de un tren a sus padres adoptivos, también al descubrimiento de que una parte sustancial de su memoria primera, de su infancia en un país extranjero, es fruto de una mentira.

Este desconcierto que resulta de no poder conocer su pasado le conduce a una visión errática de sí mismo y de Europa, una oscuridad como la de la sombra entre las ruinas, un vacío en un futuro incierto del que, como mucho, solo podemos intuir una arquitectura, un andamiaje. Me acuerdo de la cita que el ucraniano Yuri Andrujovich emplea para su Revisión Centroeuropea, tomada de un niño llamado Gabriel:

Las personas se mueren, pero su esqueleto vive para siempre.

Revolución contra la revolución

Insumisa, Yevguenia Yarovslávskaia-Markón
Armaenia Editorial, Madrid: 2018

En los regímenes totalitarios el papel es lo primero que se resiente. La autobiografía de Yarovslávskaia-Markón, fusilada a los veintinueve años, en 1931, en el campo de trabajo de las islas Solovkí (unos meses después que su marido, el poeta Aleksander Yarolavski), recoge esta preocupación: “El papel ha desaparecido de nuestra Unión”. Insumisa es un relato redactado con la crudeza y la honestidad de quien sabe que va a morir. En este carácter me recuerda a la primera parte de El Vértigo, de Eugenia Ginzburg: ambas sufrieron por la vida de sus manuscritos tanto como por las suyas propias; su talento literario, más allá del testimonio, clarifica los hechos; en una decisión audaz, las dos se situaron en el centro del huracán, en una zona de serenidad aparente.

Irina Fliege es la autora del postfacio de un volumen traducido por Marta Rebón, que viene acompañado de un revelador dossier de documentos relativos al encarcelamiento y ejecución de nuestra protagonista. En su texto Fliege nos narra, con la precisión que tanto amaba la brillante estudiante, la trayectoria de publicación del manuscrito original en inglés, y destaca el valor testimonial y judicial, pero ante todo histórico, de quien estuvo “enamorada perdidamente de la revolución” primero, dejó correr un año de juventud perdido (“me convertí en una persona extremadamente hipócrita y frívola”), se rebeló contra su educación burguesa, vivió en la calle, se apartó de la imagen de la heroína socialista, y con una voz implacable nos habla desde el fondo del abismo.

Ante su lenguaje áspero queda poco espacio para una réplica que también va dirigida a su autora: el estilo apresurado supone un desafío a su formación. De su padre recibió un amplio conocimiento en cultura germánica, el interés por la alta Edad Media, disciplinada pero respetuosa, y un cuidado sentido del gusto. De su madre heredó una larga estirpe de intelectuales revolucionarios, marcados por el Domingo Sangriento de 1905, comprometidos hasta la miopía con la causa bolchevique. Fue revolucionaria consigo misma, vegetariana y egoísta, irónica y curiosa, posthegeliana y autodestructiva. “Fui niña hasta los seis años”, nos dice. Pero dejó la infancia para buscar otra forma de inocencia: sentía atracción por todo lo que se encontrara defectuoso, defendía el perdón universal y hay fragmentos en los que parece ansiar la fatalidad. Reconocía al instante cualquier rasgo de lumpenproletariado, se sabía todas las canciones revolucionarias y las cantaba a pleno pulmón por las calles de Leningrado. “Era revolucionaria a pesar del hambre, de hecho, el hambre preparaba el espíritu con mayor efectividad que el cilicio. El hambre une”, rememora. Y más tarde: “Entonces lo mandé todo al cuerno”. Por qué la pequeña revolucionaria se enfrenta a la revolución es el motor interno del libro. La explicación, en parte, se encuentra en esa inocencia que acabamos de señalar: “La revolución de octubre me gustó incluso más que la de febrero”, que me recordó a una frase de Cuando el viento sopla (1986), aquella maravillosa película de Jimmy T. Murakami, sobre un matrimonio de ancianos británicos que se prepara para una hipotética Tercera Guerra Mundial: “Lo pasábamos tan bien en la guerra”.

Tal vez Yarovslávskaia-Markón intuyó, en medio del terrible silencio de su internamiento en el campo de trabajo, que era preciso mantener una revolución interna que nos defendiera de una revolución aceptable: “Cualquiera que sea el régimen en vigor, incluso el más progresista, no puede ser, bajo ningún concepto, revolucionario, pues aspira a mantenerse, no a caer”. Son más creíbles aquellos que se muestran insumisos ante sí mismos que quienes conquistan el tópico pensando que así brillarán dentro de una revolución que no comprenden, cuando esa revolución ya no interesa a nadie. Por eso, precisamente, es necesario este ejercicio desafiante y letal.