El pensamiento adherente

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, George Steiner
Siruela, Madrid: 2015

De todas las razones que Steiner expone para abordar la tristeza que procede del pensamiento, la que me resulta más inquietante es la del discurrir de la razón como una materia adherente. No es posible dejar de pensar, nos dice, aunque lo que nos rodea parece empeñado en confirmar que el próximo paso que debemos dar es el de la involución intelectual. Qué irónica maldición para el ser humano, tanto que parece planeada: condenarle a dar vueltas, sin descanso, por los surcos de su reflexión. No poder elegir siquiera cuándo es el momento de detener ese discurrir. Nuestra condición incluye intentar evadirnos, sin éxito, de las ideas, como intentamos contener el agua entre las manos. Va más allá de la muerte esta condición, porque los muertos sí se detienen en los asuntos de los vivos a través de los libros.

En un artículo de 1915, Unamuno ya decía que el pensamiento que no nos duele como duele la tristeza no es más que un esqueleto del pensamiento, que no hay vida donde no hay dolor. Y continuaba: “me duelen las ideas y por eso se me retuercen y se me encrespan en las contorsiones del conceptismo”. Porque para que las ideas tengan peso, y lleguen a algún lugar, estas deben pasar por el dolor de la síntesis.

Otra razón, tan sugerente como relevante, para sostener esa cualidad adherente (en eso consiste realmente la tristeza) del pensamiento es su privacidad, y en el centro de esa privacidad es donde residen la duda y la certeza, las pretensiones y las decepciones, la derrota, la contradicción, la esperanza, la metáfora y la creación. Tal vez por eso, ahora que se produce un cambio tan drástico en el pensamiento occidental (elevado a software por el uso de las nuevas formas de comunicación), es tan necesario renovar su fondo (el hardware) para que esa adherencia vital y consustancial al individuo no se pierda. Steiner nos ofrece parte de la información (porque es un autor que ha pasado a convertirse en manual), y seríamos unos desequilibrados si no le concediéramos un vistazo de vez en cuando.

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Pequeño brote de luto

Te me moriste, José Luís Peixoto
Minúscula, Barcelona: 2017

Uno descubre que un autor(a) le ha alcanzado verdaderamente cuando lee aquella parte de su obra que consideraba secundaria y se tambalea la peor de sus presunciones: que ya conocía todo lo que hacía falta conocer sobre sus textos, que podía hablar de ese autor(a) como si de un miembro de la familia se tratase. ¿Por qué abrir ahora unas páginas que desde la primera sentencia están escritas desde la pérdida, entre la confesión y la memoria, sin literatura pero sin que se resienta la calidad literaria?

Durante casi una década de mi vida fui incapaz de leer libros como este. Lecturas como Desgracia impeorable de Peter Hanke, La isla de Giani Stuparich, o Una pena en observación de C. S. Lewis pueden ayudar, pero al final el duelo es un proceso tan personal que ninguna historia ajena sirve completamente para abstraernos de ese peso emocional; transcurren algunos años en los que se vive una sed de sal, se siente un empeño por negar y fingir que uno está terminando de recomponerse; nos justificamos constantemente con lo que no tiene justificación: somos una isla, y sin embargo permanecemos en lo profundo conectado a otra porción de tierra. No es posible una radical desconexión. Venimos del barro, y el barro no desaparece, se transforma y puede acabar formando parte de otra pieza de barro.

Cuando uno de los dos padres muere, este se aleja con una parte sustancial de nuestra identidad. Para eso existe el período del duelo: recordamos qué ha quedado en ti de esa persona (para bien o para mal), y pasamos por la obligación de decidir qué trataremos de conservar, y qué habremos de cambiar, qué dejaremos detrás de nosotros, y qué es necesario perdonar.

Este diminuto suspiro, en forma de lamento tras la muerte de su padre, fue escrito originalmente en 2001, y se encuentra situado entre las dos primeras novelas de Peixoto, quizá las más complicadas de leer por su estilo críptico y lleno de digresiones que apenas dejan un respiro, de imágenes opresivas y complejas. Por eso contrasta la sencillez, la corta extensión de las frases de Te me moriste (traducción al castellano de Antonio Sáez Delgado, y al catalán de Antoni Xumet Rosselló), su cautivadora fluidez. Se podría describir a este libro como un pequeño milagro, como aquel que, en Cementerio de pianos, “hizo que las lágrimas se transformaran en lágrimas”.

Reconociendo al fantasma

La primera vez que vi un fantasma, Solange Rodríguez Pappe
Candaya, Avinyonet del Penedès: 2018

Cuando me observo en el espejo no veo una hermosa criatura, ni un regalo del cielo, sino un monstruo deforme de la creación. Quizá por ese reconocimiento de mi verdadera condición es por lo que continúa intacto en mí, después de décadas indagando en el género del miedo y el espanto, el interés por las razas de noche y los seres caídos. Tal vez porque temo más a la vida que a la muerte es por lo que me despiertan desasosiego las habitaciones de hotel y lo primero que hago al llegar a un lugar completamente nuevo es comprobar dónde se encuentran las salidas de emergencia. Lo último que hago en cada mudanza es cubrir todos los espejos, porque conservo desde la adolescencia la conciencia desaforada de hallarme rodeado de elementos sobrenaturales. Podría decirse que creo en lo extraordinario pero lo extraordinario rara vez esconde algo bueno.

Es comprensible que para la mayoría de las personas todo lo que guarde relación con lo sobrenatural resulte incómodo en el momento en que ya no se debate sobre su existencia sino que se revela su presencia, lo que puede ocurrir en cualquier momento. Fritz Lang lo explicaba de otro modo. Decía que “ya no es la existencia de Dios, sino su ausencia, lo que tranquiliza al hombre”. Pero es precisamente ese peso de lo espectral, ese fantasma de gravedad (como lo llama el poeta Christian Wiman) lo que se esconde, de múltiples formas, bajo la sábana de cada cuento que nos entrega la ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) en su última (escribo esto en 2019) colección de historias. 

Pero ¿de qué naturaleza son los fantasmas de los que nos habla Rodríguez Pappe? Para empezar, son reconfortantes cuando están presentes; es su cercanía, su tacto, lo que nos acompaña. También rompen las distancias entre la narración y el lector; no atraviesan las paredes, sino que las derriban. Sus ojos son numerosos: impican una mirada colectiva, una observación que no se quede en el interior, una búsqueda abierta de complicidades. Los fantasmas que aparecen en los cuentos de Solange conocen todos los trucos, y no dudarán en utilizarlos: crujidos, susurros, lamentos lejanos, o una confusión atmosférica que se encuentran situados al mismo nivel (con la misma importancia) que los diálogos de los seres normales (si es que es posible hablar de normalidad) y los cortos recorridos de los personajes, que casi nunca salen de sus habitaciones, y menos aún de sus pensamientos y de los nuestros.

Una cualidad ciertamente insólita de esta catedrática universitaria profundamente interesada en el género fantástico y en los estudios culturales acerca del fin del mundo es la de transportar a las cosas del suelo y el subsuelo a la realidad cotidiana, sin por ello abandonar las viejas tradiciones, los conflictos con la naturaleza (la fauna de sus cuentos es esencialmente invasora) y el regreso a los miedos de la infancia. Esta última característica es importante, porque lo que los lectores del fantástico y el terror queremos encontrar cuando acudimos a libros como este es justamente la invocación de aquellos hechos perturbadores más tempranos, tanto los hallados en la ficción como los que aún tiemblan en nuestras pesadillas, sociales y espirituales, como la luna en un lago. Por otro lado, entre los cuentos de mayor extensión (“Matadora”,  “A tiempo para desayunar”, “Paladar”, o “Un hombre en mi cama”), abundan los recuerdos en forma de repetición, se reproducen los sueños, se espera en la quietud de la penumbra con todos los sentidos alerta, se aprende a confiar en los extraños, o se acoge con agrado las señales del cielo que preceden a la destrucción. Es decir, que los momentos de puro suspense ahondan en un lenguaje inconfundible y universal (el del miedo). Los cuentos de menor extensión, en cambio, flotan en esa corriente inquieta del mundo que nuestra piel debe interpretar cada día, cuando acabamos de despertarnos y nos miramos en el espejo para comprobar que todo sigue en su sitio, que nuestro rostro no haya variado hasta el punto de que ya no nos reconozcamos a nosotros mismos, un horror no tan atávico (pero igualmente verdadero) como el de no reconocer a los demás.

Por mi parte, no temo afirmar que el personaje lleno de recuerdos y de llagas que soy se reconoce ampliamente en esta sonata de espectros.

El poltergeist irreverente

Una vía para la insubordinación, Henri Michaux
Alpha Decay, Barcelona: 2015

En el siglo XXI hay pocas actitudes tan transgresoras como la santidad. Incluso para quien siente una fuerte atracción por lo sobrenatural esta afirmación resulta de lo más perturbadora. Porque además de la evidente carga de delirio que conlleva, incorpora una idea ciertamente inquietante: si no te encuentras con el demonio, no es por su inexistencia, sino por tu mediocridad. ¿Cómo puede uno no querer a H. Michaux? Los mayores problemas de nuestra sociedad tienen mucho que ver con el valor desmesurado del hecho, el acontecimiento, frente a la expresión imborrable de quien ha sido tocado por la gracia. Qué sosa es la letra por sí sola, y qué contundente la encarnación del espíritu en ella. La letra vacía mata, es un arma que se vuelve contra nosotros.

No es este el único acercamiento del poeta franco-belga a la cuestión: cuarenta años antes del presente ensayo publicó  Adversidades, exorcismos, en el que ya planteaba con cierta ambigüedad que un exorcismo se emplea para “mantener en jaque a los poderes circundantes del mundo hostil”, adquiriendo el poema la función ritual necesaria para una correcta ejecución del mismo. Entre la teoría y la imaginación (este conflicto entre tratado y sermón suele producirse en su obra), Michaux presenta un breve relato acerca de la conciencia ante lo sobrenatural y en ocasiones repite una conclusión que coincide con la de uno de los testimonios que recoge: “volved a acostaros, no hay nada que temer”. Pero no por lo inofensivo del fenómeno; hay que volver a la cama porque en la vigilia es cuando realmente nos enfrentamos a nuestros miedos. Así, explica Michaux, la levitación de objetos y los crujidos en el suelo son (aparte de más bellos que cualquier formulación abstracta) una manifestación del deseo de revolución que ahogamos continuamente con nuestra apelación al escepticismo. ¿Por qué Michaux detesta el escepticismo? Porque el escepticismo nunca apunta al escéptico, porque el escéptico siempre está satisfecho consigo mismo, por mucho que presuma de no conocer… y es que el escéptico nunca termina de conocer; pero Michaux dice: no termina de entender por su humildad, sino debido a su bajeza de espíritu. En un contexto donde el ojo nunca se cansa de observar y la lucidez es sustituida por la vehemencia, el mensaje de Michaux es, como mínimo, irreverente.

Lo que por otra parte nos sorprende es que no nos encontramos ante un discurso que arroje luz sobre los fenómenos paranormales que más desconciertan a quienes acuden a ellos preparados para quedar impresionados; tampoco estamos ante un manual filosófico sobre el espiritismo. No es esa la pretensión del libro. Dado que nuestra época tiene serios problemas de identidad y, como apunta Michaux, “hemos sobrestimado a los padres”, se nos propone observar la fenomenología de las casas encantadas, las posesiones y los poltergeist de un modo distinto: el horror como camino de rebeldía, mantener la perplejidad como arma frente a la insana idealización de la desidia por parte de los mediocres, la necesidad de salir de nosotros mismos como modo de esquivar al demonio. O que quizá nos conviene saber que el miedo a la condenación (“la obsesión por las culpas”) dista mucho de la piedad o la espiritualidad, que hay zonas oscuras en la burocracia a las que ni siquiera el demonio tiene acceso.

Dos vidas enteras

Memorias. Mi vida con Marina (1896-1991), Anastasía Tsvietáieva
Hermida Editores, Madrid: 2018

Sabemos que Anastasía Tsvietáieva nos ha encandilado cuando, apenas hemos pasado un par de páginas, leemos la escena en la que su hermana Marina va al teatro por primera vez y, totalmente absorta en la función, pela una naranja y deja caer las cáscaras al patio de butacas.

Caminar sin accidentes por el fino hilo entre el lirismo y la Historia es un trabajo complicadísimo. Hacerlo durante un libro tan extenso (1.210 páginas), sin agotar al lector, es algo que muy pocas personas pueden completar. Anastasía Tsvietáieva empleó toda su vida en el reconocimiento de su hermana Marina, la inclasificable autora del inagotable Mi madre y la música. Culminó esta función en 1992 (tenía 97 años), con la creación de un museo con su nombre en Moscú. Fue la cumbre de un trabajo titánico que cerraba el primer esfuerzo, en 1971, con la primera edición de sus Memorias. En abril de 2018 se reeditó el libro, con nuevos añadidos, una brillante traducción de Marta Sánchez-Nieves y Olga Korobenko y una excelente revisión que abarca hasta 1991, año en que con la disolución de la Unión Soviética se dispersaban también muchos de sus fantasmas.

El texto va más allá de ofrecernos un testimonio exhaustivo de la historia de Rusia durante el fatalista siglo XX. Para empezar, toma como punto de partida las revoluciones de 1917 (hubo dos ese año, aunque nos haya quedado en la memoria la del mes de octubre), fijando en el lector la idea de que nada más revolucionario que la infancia. Siempre he admirado los ejercicios biográficos que, sin ser exactamente biografías, se empeñan en profundizar en la vida de otro. Poner un talento propio, que casi siempre se pierde en espirales hacia el centro de uno mismo, al servicio de otro, es sencillamente un milagro. Pero es que además, estas Memorias están narradas con una intensidad poco habitual, encuadrando gran parte de la historia en los años de infancia y juventud de las dos hermanas, con esa conciencia de que hace falta suspender la historia, excluirnos de la explicación y justificación de una figura histórica y literaria para comprender verdaderamente la importancia desde una perspectiva fraternal. Al renunciar a hablar por entero de sí misma, la hermana de Marina consigue abarcar más de una vida. Cuando funde las dos memorias, la personal y la de su hermana, en un solo volumen nos demuestra que una vida no termina con la muerte sino con el olvido.

Las Memorias recorren la vida cultural de una sociedad continuamente zarandeada por conflictos internos y acontecimientos externos (como todas las sociedades, pero pocas llegaron hasta el punto de desgajarse como esa naranja del principio). Este es, fundamentalmente, un trabajo de observación desde la cultura. El padre de las Tsvietáieva, Iván, fue el fundador del Museo Pushkin, y la familia trató (a veces con alegría, otras por compromiso) con los grandes autores del siglo: Rilke, Boris Pasternak, Anna Ajmátova, y Gorki, que intercedió por Anastasía en 1933, en la primera de las varias detenciones que sufrió, observadas ahora como marcadores de etapa y no como un aviso recurrente. Porque uno aprende que cada detención era muy diferente de las demás.

Anastasía estuvo varios años deportada en Siberia junto a su hijo, a finales de los años treinta. Ella se mantuvo fuerte, aunque no obtuvo su rehabilitación hasta 1959. Marina y la mitad de su familia estuvieron exiliados en Berlín, Praga y París (su marido fue un contraespía soviético), y perdió a su hija menor Irina. Se suicidó al principio de la Gran Guerra Patria, en 1941, en Yelábuga, territorio donde confluyen el Volga y el Kama. Su rehabilitación llegó también tarde, en 1955.

Anastasía Tsvietáieva falleció en 1993. Cerró el libro y abrió el museo. Entre sus páginas, hasta su propia voz es la historia de una desconocida.

Crónica de la anatomía de una masacre

Los náufragos del «Batavia». Anatomía de una masacre, Simon Leys
Acantilado, Barcelona: 2011

Una de las cosas que más me gustan (y me pierden) de explorar las bibliotecas municipales es que a menudo me encuentro con pequeñas joyas inesperadas, escondidas entre las referencias y las letras adyacentes. Una de ellas fue el relato que Simon Leys realizó sobre la catástrofe del Batavia, una especie de Titanic del siglo XVII y orgullo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que naufragó cerca de Australia en su viaje a Java. Entre los supervivientes del navío (hundido con tesoros de gran valor) se encontraba un exboticario con tintes de psicópata, de nombre Cornelisz, que empujó a los náufragos a una brutal escalada de crímenes y desató el terror en el archipiélago de los Abrolhos, formados esencialmente de arena y pozos de agua dulce. En ochenta páginas fascinantes, el escritor belga desentraña la personalidad de los protagonistas de la historia y analiza con precisión los hechos de esos meses transcurridos desde el hundimiento (del 3 al 4 de junio de 1629) hasta el rescate de los últimos náufragos. El claro mensaje va encerrado en una cita de Edmund Burke: “Para que triunfe el mal solo hace falta que la buena gente no reaccione”. Y de fondo, como caudal, dejó el verso de Eurípides que se encuentra en Ifigenia en Táuride: “El mar lava todos los crímenes de los hombres”. Una frase que nos recuerda a la del profeta Miqueas, pero transcurriendo por vías distintas de pensamiento.

El librito contiene indagaciones sobre personajes tan oscuros e interesantes como el pintor Torrentius, el sobrecargo Francisco Pelsaert, o el patrón del pecio, Ariaen Jacobosz. Para quienes disfrutamos y aprendemos con los relatos de exploración geográfica tomados como base para la exploración del alma humana, es un texto más que recomendable, pues tiende con excelencia puentes entre la composición de la sociedad de la época y los argumentos sobre aquello que forma una civilización contemporánea:

“Una sociedad civilizada no es necesariamente una sociedad que tiene una proporción menor de individuos criminales y perversos (esta proporción es probablemente casi constante en todos los grupos humanos), sino aquella que simplemente les brinda menos oportunidades de manifestar y de satisfacer sus inclinaciones”.

Pero si por algo quiero destacar aquel trabajo de Leys (cuyo nombre verdadero fue Pierre Ryckmans, y falleció en agosto de 2014) es por su asombroso prólogo. Pues en el fondo esta es la historia de un libro naufragado. Leys nos lanza una inquietante advertencia: “¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano, a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto”. Durante dieciocho años, Leys trabajó e investigó en profundidad el suceso, tomando ingentes notas, viajando a aquellas islas deshabitadas, atento a todo lo que se publicaba sobre el tema, planificando hasta la obsesión el modo de abordarlo. Comenta que cada vez que salía un libro sobre el Batavia la tensión y el nerviosismo crecían, para bajar a continuación, cuando veía que el autor no iba por el mismo camino que él, o pecaba de falta de minuciosidad, o erraba en las conclusiones. Hasta que llegó Mike Dash y publicó un libro que desmoronó las aspiraciones de Leys.

Entiendo perfectamente esa frustración, ese temor a que tu texto se vuelva intrascendente, no por incapacidad creadora, sino por llegar demasiado tarde. Cuando uno trabaja en un libro, el miedo al naufragio es constante: se combate una presión interna, indudablemente; pero también puede darse una presión que resulta de ese miedo a que otro “se te adelante”, a que una idea quede desintegrada y sepultada por una pícara novedad que se ha anticipado.

Tratas de convencerte a ti mismo de que no pasa nada si alguien “ya lo dijo antes”. Sin embargo, ante la mínima sospecha de que tu libro lo ha escrito alguien corres a la librería más cercana para comprobarlo. Por no hablar de la sensación, totalmente falsa, de que el mundo gira oportunamente alrededor del tema que estás tratando, para convertirte en el único experto con voz autorizada. Con este panorama, Leys hace algo muy coherente y honesto: admite que ha sido tocado (pero no hundido) y que ya no tiene nada que decir al respecto, da forma a sus notas y a su documentación, y arma una especie de guía con la esperanza de inspirar al lector para que este se aventure a entrar después en el libro de su compañero. Es decir: se da cuenta de que para sortear esta dificultad no se trata de llegar primero, sino más bien de llegar lo más hondo posible. Además del hecho de que cualquier libro siempre nos conducirá de inmediato a otro.

Actualmente el Batavia está cubierto de jirones y bocadillos de coral, mientras que la zona en la que se hundió se emplean como campamentos marinos para las temporadas de pesca de la langosta.

Travesuras serias en la prensa

Irrupciones, Mario Levrero
Criatura Editora (Montevideo), 2013

Los seguidores de Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) que residimos fuera de Uruguay nos acercamos a su obra con la ansiedad e irresponsabilidad de una activa militancia. Mi ejemplar llegó a través de un complejo envío gestionado por la audaz Cecilia Picún, gerente del LibreRío de la Plata, gracias a su especialización en literatura latinoamericana. Y algo de clandestinidad tiene esta serie de ciento veintiséis textos, publicados primero en la revista Posdata (entre febrero de 1996 y junio de 1998), y escondidos años más tarde entre las páginas del suplemento Insomnia, en lo que una segunda edad de la colaboración para tratar de alterar el cambio de siglo. Fue en 2007, en una editorial argentina, cuando se produjo el intento primario de unir los dos volúmenes de Irrupciones publicados en 2001 e intentar dar una unidad a la transversal reunión de obsesiones de su autor, tarea que se ve finalizada con un meritorio trabajo de investigación. Como afirma el prólogo de Polleri, cualquiera de estas febriles irrupciones podría aparecer por unos momentos intercalada en muchos de sus libros, para luego dejar el recuerdo de un sueño al que se echa de menos.

En una de sus últimas entrevistas, cuando aún habitaba en nuestro mundo tridimensional, Levrero hablaba de que cada vez encontraba menos momentos de hipnosis frente al arte. Se me antoja pensar que entre estos textos el lector hallará, una vez leídos y picoteados, muchos pequeños trances, despertará ante breves milagros envasados, querrá coleccionar las posdatas dirigidas a otros escritores, curiosidades dignas del Libro Guinness, o trazados turísticos en círculo. Aquí se incluye lo que necesitamos de nuestro mundo, cosas a las que no queremos ni debemos renunciar: visitas inesperadas de un biólogo a quien nunca se le acaban las anécdotas, movimientos imposibles de ajedrez, interesantes lecturas de la carta a los Hebreos, espantos propios de una sala de espera para el dentista, instrucciones para el afeitado y para los besos, heroísmos de una linda hormiga, discursos rellenos, descartes que solo podían ser publicados con su esplendoroso tachado, la exploración de las tiendas del barrio a las que nunca entramos por un terror infantil que no alcanzamos a explicar… y con el rigor de la seria sonrisa de aquel presente previo a la obtención de la beca Guggenheim.

Hay un Mario Levrero que se permite un cameo entre estas páginas. Es un valor adicional del libro poder asomarnos a la persona (aunque sería más justo decir que él irrumpe), de un modo seguramente más cercano a la idea que él tendría para presentarse a sus lectores. Como breves destellos sobre el agua, el escritor se despoja de la máscara, o abre la puerta de la jaula para que podamos asistir (sentir con mayor intensidad) a la posibilidad de ser verdaderamente libres, ingenuamente nosotros, dolorosamente vivos.

Con este tipo de volúmenes suele quedarnos la duda de la intención comercial. Lo acostumbrado sería apoyar ese deseo completista sobre un autor determinado, pero si somos honestos, hemos de reconocer que una gran cantidad de veces el resultado es irregular, cuando no flojo. No sucede esto con Irrupciones, libro que forma parte de la obra y biografía de Levrero con todas sus implicaciones. Es tan útil para iniciarse en el descubrimiento del uruguayo como puede serlo La novela luminosa o su trilogía involuntaria; es tan desconcertante y lúdica esta recopilación de su producción en prensa (que no periodística) como su vida paralela de guionista de cómics, o creador de juegos y crucigramas. De hecho, esa necesidad del juego obsesivo con la lengua tiene en el contexto de la columna (datado en un período histórico anterior a la disolución de la prensa escrita) un inédito campo para dar salida (consciente) a la poderosa imaginación de Levrero, a su alma delicadamente inquieta. Si la literatura es una mirada al mundo desde una ventana particular, aquí nos dice Levrero que “un hombre mira la lluvia / desde mi ventana. / Luego advierto / que ese hombre soy yo”.