Reconociendo al fantasma

La primera vez que vi un fantasma, Solange Rodríguez Pappe
Candaya, Avinyonet del Penedès: 2018

Cuando me observo en el espejo no veo una hermosa criatura, ni un regalo del cielo, sino un monstruo deforme de la creación. Quizá por ese reconocimiento de mi verdadera condición es por lo que continúa intacto en mí, después de décadas indagando en el género del miedo y el espanto, el interés por las razas de noche y los seres caídos. Tal vez porque temo más a la vida que a la muerte es por lo que me despiertan desasosiego las habitaciones de hotel y lo primero que hago al llegar a un lugar completamente nuevo es comprobar dónde se encuentran las salidas de emergencia. Lo último que hago en cada mudanza es cubrir todos los espejos, porque conservo desde la adolescencia la conciencia desaforada de hallarme rodeado de elementos sobrenaturales. Podría decirse que creo en lo extraordinario pero lo extraordinario rara vez esconde algo bueno.

Es comprensible que para la mayoría de las personas todo lo que guarde relación con lo sobrenatural resulte incómodo en el momento en que ya no se debate sobre su existencia sino que se revela su presencia, lo que puede ocurrir en cualquier momento. Fritz Lang lo explicaba de otro modo. Decía que “ya no es la existencia de Dios, sino su ausencia, lo que tranquiliza al hombre”. Pero es precisamente ese peso de lo espectral, ese fantasma de gravedad (como lo llama el poeta Christian Wiman) lo que se esconde, de múltiples formas, bajo la sábana de cada cuento que nos entrega la ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) en su última (escribo esto en 2019) colección de historias. 

Pero ¿de qué naturaleza son los fantasmas de los que nos habla Rodríguez Pappe? Para empezar, son reconfortantes cuando están presentes; es su cercanía, su tacto, lo que nos acompaña. También rompen las distancias entre la narración y el lector; no atraviesan las paredes, sino que las derriban. Sus ojos son numerosos: impican una mirada colectiva, una observación que no se quede en el interior, una búsqueda abierta de complicidades. Los fantasmas que aparecen en los cuentos de Solange conocen todos los trucos, y no dudarán en utilizarlos: crujidos, susurros, lamentos lejanos, o una confusión atmosférica que se encuentran situados al mismo nivel (con la misma importancia) que los diálogos de los seres normales (si es que es posible hablar de normalidad) y los cortos recorridos de los personajes, que casi nunca salen de sus habitaciones, y menos aún de sus pensamientos y de los nuestros.

Una cualidad ciertamente insólita de esta catedrática universitaria profundamente interesada en el género fantástico y en los estudios culturales acerca del fin del mundo es la de transportar a las cosas del suelo y el subsuelo a la realidad cotidiana, sin por ello abandonar las viejas tradiciones, los conflictos con la naturaleza (la fauna de sus cuentos es esencialmente invasora) y el regreso a los miedos de la infancia. Esta última característica es importante, porque lo que los lectores del fantástico y el terror queremos encontrar cuando acudimos a libros como este es justamente la invocación de aquellos hechos perturbadores más tempranos, tanto los hallados en la ficción como los que aún tiemblan en nuestras pesadillas, sociales y espirituales, como la luna en un lago. Por otro lado, entre los cuentos de mayor extensión (“Matadora”,  “A tiempo para desayunar”, “Paladar”, o “Un hombre en mi cama”), abundan los recuerdos en forma de repetición, se reproducen los sueños, se espera en la quietud de la penumbra con todos los sentidos alerta, se aprende a confiar en los extraños, o se acoge con agrado las señales del cielo que preceden a la destrucción. Es decir, que los momentos de puro suspense ahondan en un lenguaje inconfundible y universal (el del miedo). Los cuentos de menor extensión, en cambio, flotan en esa corriente inquieta del mundo que nuestra piel debe interpretar cada día, cuando acabamos de despertarnos y nos miramos en el espejo para comprobar que todo sigue en su sitio, que nuestro rostro no haya variado hasta el punto de que ya no nos reconozcamos a nosotros mismos, un horror no tan atávico (pero igualmente verdadero) como el de no reconocer a los demás.

Por mi parte, no temo afirmar que el personaje lleno de recuerdos y de llagas que soy se reconoce ampliamente en esta sonata de espectros.

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