Pequeño brote de luto

Te me moriste, José Luís Peixoto
Minúscula, Barcelona: 2017

Uno descubre que un autor(a) le ha alcanzado verdaderamente cuando lee aquella parte de su obra que consideraba secundaria y se tambalea la peor de sus presunciones: que ya conocía todo lo que hacía falta conocer sobre sus textos, que podía hablar de ese autor(a) como si de un miembro de la familia se tratase. ¿Por qué abrir ahora unas páginas que desde la primera sentencia están escritas desde la pérdida, entre la confesión y la memoria, sin literatura pero sin que se resienta la calidad literaria?

Durante casi una década de mi vida fui incapaz de leer libros como este. Lecturas como Desgracia impeorable de Peter Hanke, La isla de Giani Stuparich, o Una pena en observación de C. S. Lewis pueden ayudar, pero al final el duelo es un proceso tan personal que ninguna historia ajena sirve completamente para abstraernos de ese peso emocional; transcurren algunos años en los que se vive una sed de sal, se siente un empeño por negar y fingir que uno está terminando de recomponerse; nos justificamos constantemente con lo que no tiene justificación: somos una isla, y sin embargo permanecemos en lo profundo conectado a otra porción de tierra. No es posible una radical desconexión. Venimos del barro, y el barro no desaparece, se transforma y puede acabar formando parte de otra pieza de barro.

Cuando uno de los dos padres muere, este se aleja con una parte sustancial de nuestra identidad. Para eso existe el período del duelo: recordamos qué ha quedado en ti de esa persona (para bien o para mal), y pasamos por la obligación de decidir qué trataremos de conservar, y qué habremos de cambiar, qué dejaremos detrás de nosotros, y qué es necesario perdonar.

Este diminuto suspiro, en forma de lamento tras la muerte de su padre, fue escrito originalmente en 2001, y se encuentra situado entre las dos primeras novelas de Peixoto, quizá las más complicadas de leer por su estilo críptico y lleno de digresiones que apenas dejan un respiro, de imágenes opresivas y complejas. Por eso contrasta la sencillez, la corta extensión de las frases de Te me moriste (traducción al castellano de Antonio Sáez Delgado, y al catalán de Antoni Xumet Rosselló), su cautivadora fluidez. Se podría describir a este libro como un pequeño milagro, como aquel que, en Cementerio de pianos, “hizo que las lágrimas se transformaran en lágrimas”.

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