Caudal de melancolía

Suelo acudir al poema de Eliot Los hombres huecos cuando mi nervio sombrío me tiene demasiado tiempo colgado de su brazo. Me detengo un largo rato en el cuarto movimiento, ese lugar que dice:

Los ojos no están aquí
Aquí no hay ojos
En este valle de estrellas que agonizan
En este valle hundido
Esta mandíbula rota de nuestros reinos perdidos
En estos últimos lugares de reunión
Vamos a tientas, juntos
Evitando hablar
Reunidos a la orilla del río caudaloso

T. S. Eliot grabó estas palabras en 1925, en un torbellino de desesperación. Tenía problemas económicos, conyugales y creativos, si bien es cierto que tras su publicación varias de sus dificultades encontrarían solución. Reflejan muy bien dos aspectos esenciales del temperamento melancólico: una honda sensación de pérdida y la convicción de que el mundo no debería ser tan complejo. Esta segunda condición del melancólico, elevada a categoría social, es la que en una época de incertidumbre puede derivar, según Joke J. Hermsen, en un estado depresivo y de cólera muy perjudiciales para los sistemas democráticos actuales. Aquí está la principal curiosidad del ensayo de esta doctora en Filosofía, el análisis de un estado de ánimo que nos une a todos (en la medida en que gran parte de nuestra cultura se encuentra atravesada por la melancolía), y que es responsabilidad de todos observar (dadas sus impredecibles consecuencias políticas y culturales) si queremos recuperar esa cohesión social que tanto esfuerzo cuesta mantener y cuyas grietas patológicas podemos rastrear. Porque, ciertamente, ¿se nos había ocurrido que tal vez gran parte de los totalitarismos y extremismos que vemos en la Europa del primer cuarto del siglo XXI tienen que ver en su mayoría con hombres que han aprendido a dirigir el dolor? Yo no había pensado en ello. No me refiero a hombres taciturnos (aunque sepan ensayar esa pose) ni tristes (pues la tristeza acompaña al pensamiento), sino a cínicos que han situado el miedo y la culpa en el centro del debate público y se han convertido en verdaderos especialistas a la hora de pasar por encima de las diferencias entre verdad y ficción, reacción y virtud.

En la fecha en que escribo estas líneas me encuentro con otro libro sobre las diversas caras de la melancolía, firmado por la historiadora del arte Anna Adell (Atrapados por Saturno. Imaginarios recientes de la melancolía, ed. Casimiro, 2020. Dejo entrevista con Emma Rodríguez). Tanto Adell como Hermsen parten de la misma frase de Susan Sontag: «La depresión es melancolía desprovista de su encanto». Y llegan a ideas similares, por ejemplo la relación entre capitalismo y depresión, o el papel del arte como detector de las fluctuaciones emocionales que rigen nuestro entorno. La cita de Sontag apunta al peso, a la gravedad de este estado de ánimo, mientras nos señala (como también a su manera hace el poema de Eliot) que nos recreamos en su lado oscuro, olvidando su encanto, su aspecto creativo. La diferencia entre ambos ensayos es que Hermsen dedica más tiempo a ahondar en el encanto de la melancolía, a intentar descifrar por qué idealizamos el sentimiento (convirtiéndolo casi exclusivamente en otro tópico más del artista bohemio) y prestamos tan poca consideración a quien lo padece, optando por la solución clínica antes que por el difícil arte de la atención.

Hannah Arendt dijo una vez que «la verdad no es un resultado de la reflexión, sino su condición previa y su punto de partida», de manera que en el libro que nos ocupa (escrito por una estudiosa de Arendt) ese punto de partida abierto, poroso y ramificado de la verdad lo constituye el hecho de que la melancolía está presente en la catarsis griega, en nuestra infancia y en el reino animal. La melancolía, leemos en en texto de Hermsen traducido por Gonzalo Fernández Gómez, es un ingrediente esencial de nuestro mundo, y atraviesa épocas y geografías. Es más importante en el Drácula de Bram Stoker, por citar un ejemplo de la literatura universal, la melancolía ante la pérdida de la muerte que la simbología relacionada con la enfermedad, que en el fondo pertenece al contexto de creación de aquella obra. O si lo prefieren, la verdadera enfermedad del vampiro es la melancolía. Si viajamos al siglo XXI, veremos que también el ciborg padece de este estado: afirma Fernando Broncano en su obra La melancolía del ciborg (Herder, 2009) que sienten nostalgia de un mundo natural al que es imposible regresar. Este es un pensamiento sugerente.

El último verso que he extraído del poema de Eliot termina en medio de la incertidumbre, ese río caudaloso al que todos vamos a tientas pero del que no hablamos.  Ese caudal nos puede arrastrar. Lo que está aún por dilucidar es si reuniremos la esperanza necesaria para cruzarlo.

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