Una amistad alemana

Por nada del mundo. Un amor de Cioran, Friedgard Thoma & Emil Cioran
Hermida Editores, Madrid: 2019

«Solo se deberían escribir libros para decir cosas que uno no se atrevería a confiar a nadie», señaló Cioran en uno de sus silogismos. Este librito que recoge la correspondencia entre el contrafilósofo rumano y Friedgard Thoma parece haber sido compuesto con esta idea. Esta sentencia anularía en parte la imagen que muchos tenemos de Cioran como de un perpetuo cascarrabias, más amante del insomnio y la simulación de la vida que de la continuidad del sueño y del olvido como bálsamo para la existencia; probaría que, para él, la duda no siempre fue una compañía fiable y que, imitando una cita de Pessoa, «si el corazón pudiese pensar, se pararía».

Es comprensible la fascinación de Cioran (en algunos instantes fue más una obsesión) por Friedgard Thoma. Una mujer de carácter risueño, de mirada limpia y un sentido del humor tan negro como el de su amigo, dotada de una fina inteligencia. Es curioso leer cómo se tratan entre ellos, con esa mezcla confiada y ceremoniosa en el modo de describir los sentimientos más profundos como si de bromas se tratasen, la cantidad de ideas descabelladas (por ejemplo la de morir juntos) que se les ocurrían, la variedad de apelativos en los saludos y despedidas. Ella le llama decadente o caminante, y él responde diciendo que ella es una maldición imprescindible, mientras piensa en su oreja o en los ratos de júbilo atroz en que, llorosos, se besaban las manos al final de un paseo.

Escribió Félix de Azúa que «Cioran comprendía que hemos nacido desnudos de cuerpo y de espíritu en una tierra indiferente, pero con la extraña enfermedad de la conciencia». Esta comprensión marcó la relación entre ambos, especialmente en el transcurso de los primeros años (comenzaron a cartearse en febrero de 1981), donde también se hace más patente esa proximidad más allá de la amistad. A medida que avanza el relato de la propia Thoma, y se desvanece la pasión inicial (sumemos la vejez de Cioran y la creciente amistad entre Thoma y Simone Boué), se reproduce el vacío exterior que invade la nada del espíritu, uno de los temores más íntimos de Cioran (y de cualquier existencialista, dicho sea de paso), desarrollados plenamente en su primera obra:

El hecho de que yo exista prueba que el mundo no tiene sentido. ¿Qué sentido, en efecto, podría yo hallar en los suplicios de un hombre infinitamente atormentado y desgraciado para quien todo se reduce en última instancia a la nada y para quien el sufrimiento domina el mundo?

Porque el amor es lo único que puede llenar ese vacío. En la lectura del amor inesperado (junto a todo lo que nació en las mismas fechas que yo) es donde más me he involucrado como lector. Me transportaba a una parte de mi vida en la que la carta era el único modo que tenía de declarar mi amor a alguien, y sin que importara nunca el resultado. Porque hay algo intensamente inevitable en la composición de una carta (donde las pulsiones carnales son mucho más vívidas). Es la participación de dos personas de lo secreto, es decir, de todo lo que tardamos en desenredar completamente, sólo por el temor a ser descubiertos. En una entrevista a Helga Perz confesaba Cioran que «si me pregunto qué me gusta más en la vida, son sin lugar a dudas esos encuentros excepcionales en los que nos lo decimos todo: con gente a la que cuento todo y que me cuenta todo. Para mí, tal vez sean la única justificación de la vida». Tales encuentros no se producen a menudo, porque uno debe hacerse vulnerable. Detrás de muchas de estas cartas (la correspondencia duró algo más de una década) sus remitentes encontraron la justificación, cuanto menos parcial, de sus correspondientes vidas.

Las últimas páginas son un eco del principal suceso que da inicio al libro. Thoma explica muy bien (es decir, sin entrar en demasiados detalles) cómo se dio su fascinación por Cioran, gracias a la anécdota con una castaña: él paseaba por una alameda de París cuando a sus pies cayó una castaña, y el ruido del fruto contra el suelo (el golpe definitivo que parte la cáscara) produjo tal conmoción en su ser que únicamente la reanudación del paseo pudo apartar de su mente aquella conciencia fatal y regeneradora. De un suceso tan nimio quedó sin embargo una herida que Thoma mudó en complicidad.

Thoma hizo multitud de fotografías de Cioran. Cioran reservó su mejor pronunciación del alemán para hablar a su amiga en secreto. Pues el lenguaje  (tanto como el intercambio de recomendaciones de Schubert o las elegías de Rilke), aun en los períodos en que su relación era bien conocida por los compañeros sentimentales de ambos, fue su mayor vínculo. De hecho, en los últimos años de Cioran, Thoma tiraba de él, no soltaba su brazo europeo. Por nada del mundo habría ella renunciado a hacerlo.

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