Locura en vilo

La sublime locura de la revolución, Indro Montanelli
Gallo Nero, Madrid: 2015

Muchos descubrimos las cualidades de cronista de Montanelli gracias a su imprescindible Historia de Roma (publicado por vez primera en 1959, tres años después de los acontecimientos recogidos en el libro que comentamos ahora), donde con un estilo no exento de humor narraba la fundación, auge y caída de esta civilización. En cierto modo, La sublime locura de la revolución compone los primeros compases de lo que podríamos marcar como la gran hybris de los sistemas totalitarios: aplacar la protesta de quienes en un principio forjaron su edificación. Fue un síntoma de terrible orgullo en el que perecieron tanto el Imperio Romano como la URSS, potencia que dio nombre a la expresión tan gráfica de «gigante con pies de barro», cuya imagen vemos deshacerse mientras transitamos por las vibrantes columnas de Montanelli.

El 23 de octubre de 1956 se produjo en la capital de Hungría una insurrección popular, primero estudiantil, luego de campesinos y obreros, y por último intelectual. En realidad, fue en Polonia donde saltaron las primeras chispas de huelgas y manifestaciones contra el Gobierno durante el mes de junio. El malestar por las rápidas y duras represiones provocaron el desplazamiento de la masa crítica de Varsovia a Budapest. La petición estaba condenada a la imposibilidad: el restablecimiento de la democracia, la retirada de las tropas soviéticas, la rehabilitación de Lászlo Rajk (procesado y ahorcado injustamente por el régimen de terror estalinista). Cuando Montanelli envió su primera crónica desde Viena, el 29 de octubre, la revolución húngara había terminado su jornada con una carnicería: ráfagas de un tanque, enviado según los testigos por la policía secreta; una multitud desarmada contra ametralladoras y bombas de mano;  el suicidio de un coronel de la Honvéd que había suministrado armas a un grupo de estudiantes. Al leer los hechos descritos por Montanelli, cualquiera de las protestas retransmitidas actualmente por toda clase de pantallas nos resultan (independientemente de su legitimidad) hasta cierto punto ficticias, agotadas o incompletas.

Lo que mejor muestra, sin embargo, esta colección de columnas y reportajes (la mayoría de los textos fueron remitidos al Corriere della Sera) es un tipo de periodismo en el que se permiten las hipótesis y, sobre todo, se valoran las consecuencias. Hay un hueco para la opinión y posición personal, desde luego (¿es posible la objetividad cuando se entiende verdaderamente lo que está ocurriendo?), pero Montanelli destaca por conocer la diferencia entre estar en medio de los conflictos incordiando y situarnos en el centro de las encrucijadas para convertirnos en algo más que espectadores.

Lo que siempre me ha llamado la atención de los corresponsales de esta época es su capacidad para no soltar el tema de observación. Montanelli cubrió la insurrección desde Viena, Budapest, de nuevo Viena (tras deshacerse de sus anotaciones) y Roma, a lo largo de tres meses, aunque los hechos principales abarcan unos diez días. Es esa conciencia, hoy muy difuminada, de que el testigo directo y el cronista-narrador son insertados en la historia y deben evitar, en todo momento, creer que están formando parte de ella; los periodistas que despiertan nuestra admiración rehuyen de la épica (aunque puedan identificarse con las víctimas o ver el lado poético de las acciones) porque han interiorizado que la Historia, mientras se va construyendo, no es precisamente bella ni lírica. Un ejemplo está en el modo que nuestro autor tiene de exponer las maquinaciones de la política occidental: aquí son un espeso telón de fondo sobre el que se hace recuento de lo esencial, los miles de tanques, las cien horas de batalla y violenta represión. Los errores incluyen a los políticos (la inacción de Tito y de Nixon, las indecisiones de Nagy), pero también al propio Montanelli, pues nos confiesa haber dudado de la capacidad del pueblo para organizarse y no rendirse a la desesperación y tiene que rectificar cuando constata que «aun cuando no dispara, la resistencia es abierta, declarada y sin grietas».

La atención del cronista pivota del pueblo a las autoridades. Ese rasgo de incluir todas las voces posibles, tratando de analizar fríamente las tensiones, procede de una forma muy particular de entender el papel del periodista, como alguien que se ve igual de sobrepasado que el lector por lo que sucede, pero no de la misma manera. En cierto modo, el cronista se destaca del resto de profesiones narrativas en que es incapaz de dejar de contar, aun cuando los hechos sí dejan de existir. Los textos reunidos en este libro dieron lugar a una obra teatral (Los sueños mueren al alba, estrenada en 1960) y una película, la última de su director, Mario Craveri.

Regresemos a la locura del título. Porque, aproximadamente a la mitad del libro, Montanelli desvela el verdadero propósito de su escritura: una reivindicación de la locura del insurgente. Porque este libro no va sobre qué es un sistema dictatorial (si bien a estas alturas todavía hay quien sólo entiende como dictador a su contrario), ni de cómo es la cultura magiar (aunque encontramos algunos retazos), y ni siquiera va del descontrol ni del miedo de un desgobierno que no duda en utilizar a sus habitantes. No, este libro (que busca la trascendencia por encima del gesto) es una áspera disputa contra la más incendiaria sensatez cuando lo que está en juego no es la identidad o el poder, sino el más básico de los derechos fundamentales, movidos por algo tan indefinido (e inaprensible) como la propia humanidad:

Me ha encontrado (…) con personas que me han preguntado con una sonrisita escéptica y astuta por qué los húngaros habían cometido semejante «locura», por qué se habían abandonado a esa «improvisación», por qué les habían aguado la fiesta a sus políticos, por que habían «comprometido la situación» (…).

No os dejéis convencer por su sensatez. Es el pasaporte a la cobardía, el cálculo y el interés (…) La Historia no avanza a fuerza de sensatez, en nombre de la cual nadie ha encontrado nunca el valor para morir. Lo que la mueve es la locura, y ninguna locura más sublime que la de los estudiantes de Budapest. Erais vosotros quienes teníais razón cuando os negasteis a medir el sacrificio de vuestros camaradas húngaros con el patrón, por desgracia tan italiano, de la «oportunidad» y subrayasteis tan solo su valor moral y poético.

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