Regreso al entusiasmo

Les contaré una anécdota: cuando vivía en Madrid, mi piso, situado en un segundo piso, daba a un descampado que era ideal para arrojar por la ventana los libros que me desagradaban. Y alguno voló, especialmente en los meses de verano, en los que dormir era una tarea imposible y castigaba parte de mi irritación lanzándolos con todas mis fuerzas. Eran como crías de pájaro que empezaban a volar pero aún no conocían la técnica por completo. Después, al recapacitar y ver la tontería que había hecho, bajaba a recogerlos. Era joven (apenas unos veinticuatro o veinticinco años) y bastante estúpido, pero a menudo he deseado conservar una parte de esa desinhibición (que yo me empeñaba en ver como libertad), y trato de repetir el gesto, esta vez mentalmente, al toparme con un libro que me incordia por algún motivo. No es este el destino de Algunos libros, ni mucho menos es el caso de la obra del inglés Edward Morgan Forster (1879-1970).

E. M. Forster es más conocido por novelas como Pasaje a la India, Una habitación con vistas, o la deliciosa Regreso a Howards End (conocida también con el título de La mansión), en la que sintetiza todo aquello que añoramos de la novela victoriana y que ya no podremos recuperar nunca más. También es autor de una de mis novelas favoritas de ciencia ficción, La máquina se para. En el volumen que comento comprobamos que, además, Forster es uno de los mejores en el arte de la reseña: aun permitiéndose el lujo de dejar algún rastro de su opinión personal (y digo rastro, porque nunca la opinión es importante), consigue hacernos ver el interior de los libros que comenta, como si nos mostrara las cubiertas y nosotros pudiésemos escrutar una parte sustancial de su interior. Ahí reside el principal valor de Algunos libros y su paradoja: que desde una emisora de radio como la BBC (cuyo fin era educar antes que entretener) leamos por puro y simple entusiasmo. En una época en la que el entusiasmo estaba mal visto (parte de sus daños colaterales cristalizaron en la Segunda Guerra Mundial), Forster decía que el problema no era el entusiasmo en sí, sino hacia dónde estaba enfocado.

El libro más parecido a este que he encontrado es Si mi biblioteca ardiera esta noche, una recopilación de ensayos de Aldous Huxley, muy premonitorio (su biblioteca acabó ardiendo), y cuya conclusión encajaría muy bien con la visión de Forster: al final, lo único que busca un lector en tiempos difíciles es una pila de buenos libros. Tiempos tensos, sin duda, fueron aquellos en los que Forster dio sus charlas radiofónicas: de la Segunda Guerra Mundial a los inicios de la Guerra Fría y la Independencia de la India. No se nos escapa el detalle de que estas emisiones iban dirigidas tanto al oyente británico como al de la colonia. No obstante, a pesar de la acogedora imagen del británico rodeado de libros, el propósito de estas charlas (que se prestarían al actual formato del podcast) no es tanto ayudarnos a construir una buena biblioteca, sino comentar mensualmente parte del aluvión que ya eran en aquella época las mesas de novedades. Forster habla desde su actualidad, y la mayor parte del tiempo no conoce la cantidad ni forma de su audiencia (si bien tenemos datos que confirman que el público de Algunos libros era indio e interesado en la literatura occidental). No necesita una relación estrecha con el oyente, porque cuenta con su entusiasmo. Lo mejor de esta actividad de la lectura es que sus aficionados estamos más capacitados para la sorpresa y el descubrimiento que quien no lee; es el único rasgo que nos distingue, esta íntima unión con la serendipia que siempre huye del artificio de los planes de fomento de la lectura. Y es por ese carácter impredecible que acompañan las buenas lecturas que seguimos necesitando libreros y conversaciones alrededor de un libro.

Un ejemplo de este entusiasmo practicado por Forster (véase el episodio dedicado a Yeats y Eliot) lo hallamos en la charla que abre esta selección (a cargo, junto con la traducción, de Gonzalo Torné), de título revelador: «¿Son útiles los libros?» Allí distingue entre los libros (o las razones detrás de ciertos libros) para informarnos de la consistencia y costuras del mundo que nos rodea, los que nos llevan a ampliar la imaginación o espesar la realidad, y los que nos proporcionan ayuda, que nunca nos sobra:

Nuestro tercer motivo para leer es que con frecuencia necesitamos ayuda. El mundo actual se transforma progresivamente en un lugar difícil y peligroso, y nos beneficia toda la ayuda que podamos obtener para movernos en él. (…)

El oyente puede sacar cuentas de qué manera tan distinta vivimos y nos sentimos hoy, con independencia de nuestra edad. Estamos asustados y se amontonan los motivos por los que podemos sentir un miedo justificado. El mundo no solo no es ahora más seguro, sino que se ha vuelto un sitio mucho más peligroso. Existe un riesgo real de que la civilización europea estalle, las cosas no van mucho mejor en Oriente, y la esperanza de que las guerras se «civilizasen» se han visto frustradas. (…)

… lo que estoy buscando son libros que nos ayuden a nosotros mismos, como individuos, a sobrellevar las responsabilidades asociadas a nuestros roles sociales, libros que nos enseñen a ser valientes, sensibles y amables. La sensibilidad y la valentía son las dos virtudes que más perseguimos hoy en día, lo pienso así porque la primera renueva el valor del mundo y la segunda nos enseña a no tener miedo. La época en que vivimos no nos permite cerrar los ojos. Si lo hiciéramos perderíamos el contacto con las cosas buenas que existen y no impediríamos que el sonido del terror siguiese llegando a nuestros oídos: enloqueceríamos. Lo que pretendemos es poder mirar a la vida tal y como es y al mismo tiempo abrazarla, y estoy seguro de que la especie de libros de la que voy a hablarles a continuación va a serles muy útil en este empeño.

Algo que me divierte de asistir a estas charlas, es ver a un Forster absolutamente consciente de su propósito, más allá de la descripción y recomendación de títulos, precisamente porque se abre camino entre libros: uno a veces se imagina a Forster apartando las pilas de libros a su paso. Se separa de un discurso lógico e inductivo, no porque el discurso bien construido sea improcedente (de hecho, la crítica debe estar insertada en un discurso), sino porque cuando emprendemos una lectura, rara vez lo hacemos siguiendo una planificación. Como escribió Wislawa Szymborska, «tuve yo razón,/ pero la razón no da fruto». La tragedia del lector común es que no suele saber qué es lo que le atrae de una lectura u otra y se guía por su estado de ánimo, dejando el razonamiento para después.

En el epílogo que cierra el tomo, Zadie Smith señala que Forstar acierta a menudo. He intentado responder a la pregunta de por qué es así, y he llegado a dos posibilidades, o conclusiones:

a) Forster como ejemplo para el oficio de lector. Suelo decir en tono de broma (aunque en el fondo así lo creo) que escribo novelas para así poder dedicarme a la profesión que más me gusta, una profesión peor pagada y considerada, como es leer y comentar esas lecturas. E. M. Forster menciona que esta inclinación a la lectura como oficio es un indicio de novelista limitado, y lo curioso es que se sitúa a sí mismo como ejemplo. El lector «profesional» emplea una parte importante de su tiempo escogiendo la siguiente lectura. Elegir es fundamental; si uno aprende a hacerlo bien, tiene una enorme libertad para divagar, lo que es divertido y perspicaz. Está muy extendida en la actualidad la idea de que escribir reseñas y mantener contactos con el entorno editorial es incompatible. Nada más lejos de la verdad. El problema no es que un autor de reseñas reciba libros o tenga una vida de novelista: Forster recibía libros y era novelista. El problema es la incapacidad de distinguir entre lectura y escritura (dos actividades distintas), el problema es la falta de imaginación, y esa tendencia obsesiva con que los demás lean lo que a nosotros nos gusta. El entusiasmo, al contrario de lo que se piensa debido a su rápido contagio, es una fuerza individual. Por eso entiendo a quien prefiere ser lector y no quiere que nadie lo sepa: los editores y los escritores nos abalanzamos sobre estas pobres gentes para extraerles toda la atención posible.

b) Otro factor que Forster hace bien en resaltar es la importancia del fallo. El lector entusiasta sabe equivocarse. Muchos de los problemas que tenemos con nuestros índices de lectura están relacionados con que no sabemos equivocarnos, con no admitir que una mala lectura forma parte esencial, es casi necesaria, de nuestro historial. Paradójicamente, aunque de un modo no exento de razón, cuando aprendemos a equivocarnos nos aproximamos al acierto. Por lo tanto, necesitamos más lectores, pero lectores que se dejen conducir por el juego, que se olviden por completo de las modas, los intereses y los prejuicios, que abracen la (su) curiosidad más profunda, que lean al ritmo que sea, pero que lo hagan desde el entusiasmo, la virtud de la sensibilidad, y disfrutando de sus errores; es la valentía a que antes hacía referencia nuestro autor.

Como no quiero desvelar mucho más del contenido de este libro, me aventuraré a una breve imitación de cómo Forster comenta los libros. La dejo a continuación, en letra de color índigo. Para ello utilizaré una recopilación de textos de Karl Kraus que encontré olvidado en el estante de una biblioteca pública de Barcelona. Antes tiraba libros, y ahora los imito. Supongo que eso es la madurez, o algo similar:

Existen columnistas tan asociados al medio de comunicación en que publican sus textos que, cuando estos desaparecen, el medio corre peligro de desaparecer. Lo que ya resulta más complicado es ver revistas compuestas prácticamente por un solo hombre: Karl Kraus editó Die Fackel («La Antorcha») durante 37 años (novecientos números), y desde sus páginas desarrolló una sátira que vivía con el lenguaje. Fue una revista crucial en la cultura vienesa de comienzos del siglo XX, llena de pequeños ensayos que podían ir desde la lectura de Kafka o la reflexión delante de un surtidor, hasta un análisis de la cartelería austríaca (sin dejar de señalar sus errores gramaticales y sus augurios de nuevas guerras). La selección que conforma Escritos, editada por la excepcional colección La balsa de la Medusa, no es uno más de la media docena de conjuntos de textos con los que Kraus ha llegado al lector español. Para ser exacto, debería decir que ninguna selección de escritos de Karl Kraus es como las demás, dado que su obra viene en parte condicionada por el criterio de revisión que el encargado de su edición haya utilizado: reunión de aforismos, tratados contra los periodistas, dichos, poemas o crónicas. En esta antología, en particular, vemos al Kraus más desatado, al más excéntrico, y también al más preocupado por la degradación del lenguaje. Hay algo de irresponsable detrás de estas compilaciones, una renuncia tácita (por nuestra parte como lectores y por parte de los editores) a leer su obra completa, de ahí que nunca nos cansaremos de leerla.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s