Coherencia de primer mundo

Llama la atención que, desde la muerte de Susan Sontag en 2004, el mundo civilizado aún no haya aprendido a mirar. Y es que, aunque cueste hacerse a la idea, hubo “ofendidos” antes de la existencia de las redes sociales, como hubo también personas que hacían de la opinión y la crítica un trabajo digno. Así lo describe uno de los entrevistados por Benjamin Moser para su extensa biografía sobre Sontag, «[el opinador] sigue siendo una figura de autoridad idealizada». No le puedo quitar la razón: si leen varias entradas de este blog, acabarán descubriendo su nombre como una presencia fantasmal, observando por encima de su hombro como en el relato de Maupassant. Durante estas ochocientas páginas (con traducción de Rita Da Costa) es difícil no caer fascinado por la autora de Ante el dolor de los demás y Contra la interpretación. Es más: creo que es imposible no vernos analizados, incluso juzgados, por nuestras lagunas discursivas cuando asistimos a todo lo que Sontag hizo o dijo.

Destacaré dos momentos importantes de la biografía. Uno es la experiencia del montaje de Esperando a Godot en Sarajevo: fue un punto de inflexión en la vida de la intelectual estadounidense en su conversión en metáfora. Sontag ya no como personalidad, sino en carne de una representación del ojo escrutador que no se conforma con examinar lo que ve pues tiene la capacidad de proyectar su análisis sobre la realidad.

El segundo episodio es la amarga polémica a cuenta del artículo que Sontag escribió tras el 11S, en el que además de criticar duramente las muestras de exaltación patriótica, se veía obligada a rebajarse a explicarnos lo poco conveniente que es la reproducción compulsiva de una imagen trágica sin una mínima reflexión. La idea clave de que las imágenes no son inocentes, y de que por sí solas no mejoran sustancialmente nuestro mundo está muy presente en los últimos tiempos de la escritora y cineasta.

Cuestión de énfasis nos ayuda, según Moser, a comprender por qué Sontag era un sinónimo ya no de alta cultura o de lo que ella bautizó como lo camp, sino de cultura en su carácter más serio. «Te hacía darte cuenta de que todo lo que haces, cada palabra que usas, tiene un efecto específico. Todo tiene un significado. Eso te obliga a ser sumamente preciso y coherente». Para Sontag, la forma en que el mundo occidental extrajo conclusiones y debatió sobre lo sucedido en Afganistán en verano de 2021 (y lo que, por desgracia, aún queda por mucho que lo olvidemos) hubiera sido inaceptable. No tanto por lo rudimentario del contenido como por la falta de rigor estético. La forma (especialmente si es puntiaguda) puede ser un arma peligrosa. Ninguna dictadura está completa sin que se organicen previamente crímenes contra la propia cultura. Es por eso que los talibanes volcaron su odio sobre los Budas de Bāmiyān años antes de la invasión de Kabul.

Entre la avalancha de fotografías y vídeos replicados y distribuidos sin descanso de este sempiterno espanto (acto este de replicar fotografías que Joan Fontcuberta describe a fondo en su libro La furia de las imágenes), la imagen que quizá haya cobrado más fuerza es, por una vez, una escena limpia de cadáveres que, paradójicamente, resulta enormemente angustiosa: cientos de personas intentando subir a un avión en marcha para huir de su propio país. Es un reflejo de su impotencia y de nuestra incapacidad para evitar que sucedan cosas así. Ese es uno de los énfasis de la obra de Sontag: ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo asimilamos la información que recibimos?

A uno de sus pupilos, Sontag le regaló una de sus principales máximas: «…como crítico, lo único que tienes es tu opinión. Nunca la vendas, nunca la malgastes. Es lo único que tienes». La importancia que concedía a la palabra escrita guarda relación con el principio de que cada uno se representa a sí mismo y a nadie más, con todas sus contradicciones y equivocaciones. Una contradicción con la que Sontag luchó toda su vida fue que renegaba en público de cualquier deseo de ser un referente cultural mientras se preocupaba de que su nivel de autoexigencia por lograr una obra consolidada fuese bien visible. Sin embargo, sus detractores preferían recordarle su incoherencia de no estar presente en todos los sitios y conflictos sobre los que escribía, según había marcado en su baremo moral. Es la clase de críticas que solemos ver en la actualidad: haces lo contrario de lo que predicas, exiges a tu contrario lo que no puedes asumir mientras le acusas de haber empezado todo. Pero quizá entender nuestras contradicciones, especialmente en lo que atañe al dolor de los demás, sea un primer escalón para aprender a observar la realidad. En nuestros tiempos, en nuestro primer mundo, también es necesario aprender a ser incoherentes.

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