Como un hilo rojo

Una de las consecuencias más inquietantes de la Segunda Guerra Mundial es la cantidad de historias que quedaron sin resolver. Las vidas que se vieron interrumpidas, las repatriaciones y el miedo, las montañas de posesiones materiales (incluso de fragmentos orgánicos) que se formaron durante el Holocausto [véanse los testimonios recogidos en Noche y Niebla (Alain Resnais, 1956) y Shoah (Claude Lanzmann, 1985), documentales sin truco emocional alguno]; las pruebas incendiadas, los fanatismos llevados al delirio en una Europa hecha jirones; la economía fracturada y la imposibilidad de volver a un orden, si es que alguna vez hubo algo parecido al orden. De tal modo que cada pista hallada, cada reconstrucción, es un hilo que une dos extremos rotos, pero al mismo tiempo ese hilo no puede evitar su condición de remiendo. Así ocurre con toda historia relacionada con esta época: los descubrimientos no terminan completamente con el desasosiego, ni con las dudas; tampoco pueden compensar los efectos derivados del mal, entre otros motivos porque las decisiones, al contrario que las palabras, no son fuerzas sobrenaturales. Una de estas historias incompletas, aunque llena de momentos de piedad y detalles reconfortantes es la del noble alemán Helmuth James von Moltke.

Helmuth James (Krzyżowa, 1907 – Plötzensee, 1945) fue sobrino nieto del mariscal Helmuth Karl Bernhard von Moltke, conocido también como El Viejo (para distinguirse así de su otro sobrino Helmuth Johann, también militar). Der große Schweiger, el gran mudo, fue un destacado líder del ejército prusiano, un profundo conocedor de la guerra como negocio y seguidor del “estilo” de Napoleón, que llevó el apellido familiar a la corte gracias a que su honestidad contrastaba con la corrupción reinante entre los altos mandos militares. En honor de aquél Helmuth Graf (conde) von Moltke, su apellido fue utilizado para nombrar el cráter lunar cercano al aterrizaje del Apolo XI con forma de volcán extinto; y en recuerdo del mariscal, se antepuso el Helmuth al nombre de James (en adelante, von Moltke). Si bien este conde no continuó la carrera militar (no mostró demasiado entusiasmo durante su instrucción), el pasado de su apellido le persiguió toda su vida. También el parecido físico de von Moltke con el gran mudo era incuestionable: el mismo perfil, la nariz de estrella de cine europeo, el mentón cuadrado y amplias entradas de jurista, y una mirada acotada por unas cejas que hacen creer que su propietario siempre tiene un pensamiento dando vueltas en su cabeza. 

La madre de von Moltke, nuestro protagonista, era seguidora de las enseñanzas de Mary Baker Eddy y del movimiento de la Ciencia Cristiana. A los catorce años, von Moltke se alejó de estas creencias y comenzó a leer la Biblia “con un espíritu más libre”, según sus palabras. El padre era antirreligioso, por lo que la creciente práctica evangélica de la fe de su hijo supuso una especie de doble agravio para él: no solo no le obedecía en este ámbito, además tomó otro sendero que contaba con menor aceptación social en la alta sociedad europea. Von Moltke se dedicó a la abogacía y se casó con una compañera de carrera, Freya (fue quien transcribió parte del material escrito que dejó él), con quien fundaría en 1940, en Berlín, el Círculo de Kreisau, junto a otros opositores al Reich procedentes de todos los campos profesionales, y de diversas tendencias políticas. Entre estos opositores se contaba Peter Yorck von Wartenburg, primo de Claus von Stauffenberg, organizador de la Operación Valquiria (el último atentado fallido contra Hitler); también estaba allí el almirante Wilhelm Canaris, superior directo de von Moltke en la Abewhr, el servicio de inteligencia militar alemán. Esta línea de nombres nos da una idea de lo apropiado del término “círculo” en el que se incluimos a von Moltke. Von Moltke fue considerado una especie de “cabecilla” del grupo, cuyo denominador común de sus miembros contiene la capacidad de influencia social, una formación completa, un rechazo previo a unirse al Partido Nazi, que al final devendría en su ejecución dentro de la prisión.

La situación de von Moltke resulta muy similar a la del teólogo Dietrich Bonhoeffer. También se parecen muchas de sus reflexiones y los avatares en la correspondencia y los escritos de ambos. Von Moltke y Bonhoeffer afirmaron que los seres humanos somos “una idea de la Creación”, que la proclamación del nombre de Cristo suponía un peligro debido a que podía implicar un sacrificio corporal en esa época, que la fe se vivía por la acción y no “en el torrente de los sentimientos”, como diría el teólogo. Los dos tuvieron un juicio injusto y rápido, y fueron asesinados poco antes del fin de la guerra. Aunque intercambiaran cartas, no coincidieron en prisión: en 1944 Bonhoeffer fue destinado desde Tegel (donde interrogarían y juzgarían a von Moltke) a los sótanos del cuartel general de la Gestapo, situada en el número ocho de la calle Prinz-Albrecht en Berlín. Existe un excelente documental de 1992, nominado al Oscar de ese año, que recoge la biografía de von Moltke y trata de la resistencia alemana frente a Hitler.

En 2009, la editorial Acantilado publicó varios documentos importantes de von Moltke, a modo de informe de lo sucedido con aquellos juicios sumarios a los opositores al Tercer Reich. Esos juicios solían culminar con una rápida e inmediata ejecución. El material recogido por la viuda del jurista incluye una carta presentada en fragmentos de un fragmento de testimonio. Las ideas y esa suerte de diario que anotó von Moltke fue dividida en varias partes: estaba prohibido escribir sobre el juicio, así que lo que se contaba en las cartas (el portador de las mismas podía también ser ejecutado) debía ser memorizado. Existen, no obstante, algunas fotografías y una grabación del juicio. Gracias a esta documentación gráfica podemos comprobar cierta resignación de von Moltke en su autodefensa; en el fondo, lo mejor para su salida consistía en no ser vehemente, en ser capaz de mantener la compostura. El texto nos cuenta su estrategia: respuestas rápidas, frialdad, capacidad de sonreír y ser amable. Hay que tener en cuenta que von Moltke, como sostiene el informe, no es juzgado por ser protestante, alemán, prusiano, terrateniente o noble, o por tener una serie de valores (los nazis también decían que conservaban unos valores milenarios) sino en condición de líder cristiano. Como sucedió con Bonhoeffer, su posición y creencias los convertía en agentes de intermediación entre los distintos opositores, lo que finalmente hizo que se les confundiera como “cabecillas” de las operaciones contra el régimen.

La copia de la carta original tiene el estilo de una versión escrita por otro implicado del juicio. Fue “arreglada” por su mujer a tal efecto. Cabe preguntarse si nuestra traducción (por Isabel García Adánez) está más cerca de los hechos que de los sentimientos, pero sí que se ha logrado un equilibrio suficiente para la comprensión de lo sucedido, lo que a fin de cuentas es lo que importa. La reflexión de von Moltke está presente, a pesar de los remiendos y recomposiciones. Esquiva el olvido (y la resistencia al recuerdo), la censura, la traducción, la observación parcial y la perspectiva de siete décadas después. Gracias a este texto nos han llegado datos que van desde lo anecdótico (como el dato de que la prisión de Tegel fue un colegio) a las interioridades del proceso, pasando por los planteamientos y pensamientos más profundos de su autor. Para Freya debió ser duro dar forma a las certezas de su marido de que iba a morir. Desde el 20 enero de 1945, von Moltke sabe su veredicto. Pero persiste la esperanza en que las cosas mejoren. “Como un hilo rojo”, von Moltke es condenado desde el principio, el juicio es una excusa para incluir al resto de elementos incómodos. “Las últimas veinticuatro horas de una vida son iguales para cualquiera”, afirma von Moltke a través de la pluma de su mujer años después.

Tenemos pistas sobre el destino de otros interrogados por el juez Freisler en el transcurso de aquellos juicios. Se trabajó a destajo para eliminarlos; no debemos olvidar que se aproximaba el final de la guerra. Hay una curiosa referencia al juez de von Moltke: “Freisler es un buen juez político: su crítica al sector de la iglesia es coherente con los hechos”. La respuesta de Freisler frente a la posición teológica de von Moltke, frase recogida en el libro, se ha convertido en una célebre máxima: “Los religiosos que se ocupen del más allá, pero que nos dejen en paz aquí”. Es como si en la conciencia de Freya, en la de la persona que memorizó los textos, y en la del propio Moltke se estuviera fraguando la idea de que merecía la pena recoger, en la medida de lo posible, toda la información posible. Más allá del valor testimonial indudable de este texto, está el carácter judicial de los argumentos, el presentimiento de que podría servir para algo más, la intransigencia con el acto de disolución de la memoria. Por eso aparecen detalles como la ausencia de ejemplares del Código Penal en la sala. Al mismo tiempo, aprendemos que se les condenó por algo que habían hecho, y también por algo que merecía la pena hacer. Por lo visto, una de las razones de su ejecución fue que «se pusieron a pensar», según el acta del juicio. El colmo para von Moltke es que ni siquiera estaba de acuerdo plenamente con las ideas y el procedimiento del grupo de resistencia.

Von Moltke lee los mismos textos que tenía programados; no sale de su rutina, y ahí está su particular versión de la resistencia. Conocemos los textos: los refugios en las ciudades que se recogen en Josué 19-21, la reivindicación de la sabiduría frente al dolor de Job 10-12, la promesa de la restauración y el juicio de Ezequiel 34-36, el texto que va de las señales antes del fin anunciadas por Jesús hasta su muerte (Marcos 13-15), la crudeza de 2ª Corintios, la salvación en Salmo 118, la conciencia en 1ª Corintios 13 de que un hombre no es hombre sin amor. Textos que son un escándalo, tan clandestinos como el bizcocho y los panecillos con café que llegaban a su celda. De la lectura de estos capítulos surge la firme convicción de von Moltke: “Toda mi vida (…) he luchado contra la estrechez de miras, el espíritu de la violencia, la susceptibilidad, la intolerancia y lo absoluto, contra ese dogmatismo aplicado sin piedad y hasta sus últimas consecuencias que late en los alemanes (…) También he luchado por la superación de ese espíritu y sus terribles consecuencias, tales como el nacionalismo llevado al extremo, la persecución étnica, la pérdida de la fe, el materialismo. Los nazis hacen bien en ejecutarme”.

El informe de von Moltke nos plantea una duda: ¿con qué medios puede un opositor ser una tabla de salvación en medio del caos? Esta idea se llevará a muchos por delante, y dejará entrever que toda palabra nace de un empeño personal muy difícil de trasladar a toda una sociedad. Pero, ¿acaso no debería ser así? ¿No debería ser la palabra un asunto independiente de nuestros logros o capacidades? ¿No tendría que incordiarnos que un hombre como von Moltke acepte la tribulación pero no la angustia, la persecución pero no el abandono?

Cuando Von Moltke leyó 2ª Corintios 4:7-10, y entendió que era probable que su vida fuera como “un hilo rojo” en un tejido, supo cuál era su “lugar, tal ha sido el poder de la demostración de la presencia y la omnipotencia de Dios. Pues sabe demostrarlas (…) cuando hace justo lo que uno no desea”. Para von Moltke, Dios no lo encierra ni anula su identidad, sino que en la forma de un extraño sacrificio le libra de sus preocupaciones. “Me siento tan lleno de agradecimiento en el fondo, que en mi interior no hay espacio para otra cosa”, afirmó de un modo tan abrumador como difícilmente explicable.

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