Rompamos todos los relojes

El tiempo regalado, Andrea Köhler
Libros del Asteroide, Barcelona: 2018

De todas las ideas desatinadas sobre el tiempo, me desconcierta especialmente la afirmación de que el tiempo lo cura todo. Porque no hay nada más engañoso que el tiempo: creemos que por arrojar sobre él nuestros errores y acontecimientos, él tiene la obligación de colocarlos en su lugar.

Lo cierto es que el tiempo es más una amenaza que un bien material. Nos abruma por lo poco que podemos hacer con él, a pesar de su capacidad de modelado: puede deformarse hasta el letargo, y estirarse por la fuerza de la gravedad, pero como especie únicamente alcanzamos a calibrarlo, dando pasos hacia su medida exacta con una convicción desquiciante.

La medida del tiempo nos sirve para situar o especificar aspectos cotidianos, lo que consecuentemente impide su detención. Dejamos de observarlo, pero la rotación terrestre sigue ajena a nuestros esquemas. Hemos convertido el tiempo en un problema personal. En nosotros se materializan los efectos que se derivan de esta magnitud. Y lo curioso es que, cuanto más profundizamos en nuestro conocimiento (cuanto más observamos), cada vez a escalas cada vez más pequeñas de la materia, más difuso se vuelve el tiempo.

En cualquier caso, todos coincidimos con esta idea: nuestras vidas empequeñecen hasta convertirse en suspiro cuando las comparamos con todas aquellas cosas que parecen resistir el paso del tiempo. Nuestra vida es finita, está repleta de incertidumbres. Como mucho, lo único que podemos ofrecer a un mundo que se confiesa esclavo del tiempo son cosas perecederas, fragmentos y suspiros. Este es un pensamiento muy recurrente en mis viajes por el metro, y también en los compases aparentemente inútiles de espera junto a la marquesina del autobús: el tiempo parece tener su propio ritmo, un ritmo distinto al del medio de transporte. Y sería un verdadero merluzo si pensara que, por medirlo, tengo el más mínimo poder sobre él. Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química en 1977, decía que «deberíamos considerar el tiempo como aquello que conduce al hombre, y no al hombre como creador del tiempo».

Quizá por eso esté tan mal visto esperar. La espera refleja nuestra pobre capacidad de dominar el tiempo. Se nos dice que la espera es un atraso, que es de maleducados poner a los demás en esa situación, y que cuando estamos en nuestro puesto de trabajo, si no producimos nada desde el primer momento estamos gastando el tiempo de otro. Pero también nos repetimos que tenemos derecho al ahora. Cuando se nos insta a que aprovechemos el tiempo, aun en medio de una época donde parece que nada puede detenerse, surge un libro como El tiempo regalado que va contra esa idea del aprovechamiento, que nos recuerda (o nos descubre) que esperar no avergüenza, que ahora vemos ciegamente. Desarrolla algo que ya afirmó Susan Sontag, que «el tiempo existe para que no suceda todo a la vez».

La periodista y crítica cultural Andrea Köhler escribió este fascinante ensayo sobre la espera (traducido por Cristina García Ohlrich) en el que se nos invita a no dejarnos hundir por algo que, para empezar, es inevitable y lo hacemos constantemente. No nos pide aprovechar los ratos muertos, como haría un pésimo libro de autoayuda, sino que recorriendo la historia de las ideas y la literatura occidentales lleguemos a la conclusión de que esperar también es estimulante. Por un lado, nos dice Köhler, la pausa nos aparta del centro. Por otro, no se anula nuestra voluntad, dado que «uno permanece en un estado de continua presencia, espera que algo que sucede en aquel momento pase, aunque quizás no pase nunca». Porque no es una cuestión de mantener un estado de ánimo determinado, sino de vivir en una forma de esperanza que va contra toda idea esperanzadora: «Puedo esperar con obstinación algo ante lo que mi entendimiento me dice que no va a llegar ahora de ninguna manera. Esta esperanza es incorregible, es la del empeño animal del corazón». Köhler nos recuerda que lo que hacemos para llenar los huecos de la impaciencia no nos da valor en sí, sino que es la propia existencia en el tiempo lo que cuenta. De ahí que merezca la pena avivar el antiguo deseo de movernos: «solo por marchar se nos atribuirá nuestro verdadero valor».

Otra gran manía de nuestro siglo es la del tiempo material y sus presupuestos: dividir las horas del día en sueño-ocio-trabajo. En el momento en que se queda un espacio sin cubrir empieza un discurso sobre la culpabilidad que nos han inoculado prácticamente desde la cuna, una culpabilidad que ninguna plataforma audiovisual puede resolver. No hay peor forma de maldad que la existente tras el planteamiento de que es necesario llenar absolutamente todo nuestro tiempo (y llenarlo, por supuesto, de cosas útiles). Es ridículo querer acotar lo importante porque lo significativo ocurre fuera del dictado del tiempo y el lugar. Maurice Blanchot escribió que «al tiempo le falta tiempo». Sin darle muchas vueltas al tema, describió la gran paradoja de la medida temporal: cuanto más tiempo ahorramos, más tiempo nos falta, y lo que es todavía peor, más difícil nos resulta percibir a qué velocidad nos parece que transcurre.

Escribo estas líneas en una tarde en la que el cansancio se ha impuesto en casa. El cansancio, según Andrea Köhler, es una de las consecuencias de la espera, y durante mucho tiempo yo mismo pensé que no se podía sacar nada bueno de ello. Hasta que me encontré con el Ensayo sobre el cansancio de Peter Handke (también examinado en El tiempo regalado). Handke es ese autor del que he aprendido que uno puede escribir desde cualquier estado de ánimo, que no hay excusas ni circunstancias ideales (y ni mucho menos inspiración perfecta) para el trabajo intelectual.

Más que una justificación, o una reflexión sobre lo que hay que hacer, en su libro el austriaco nos anima a fijarnos en lo que debemos abandonar, y aboga por esos espacios libres en nuestras agendas, esos borrones deliciosos de espera, percepción y ociosidad que él denomina interludios. Otra idea frontal con respecto a la actualidad: Se nos insiste mucho, en la actualidad, con que solo debemos progresar, leer, trabajar, o pensar, desde el vigor. Eso es también, como diría el Qohelet, absurdo, porque no podemos mantener siempre el mismo nivel de vigor como no podemos alcanzar el placer (o el cansancio) perpetuo. Es esa búsqueda enérgica, esa permanente hiperactividad, tal vez más que la espera, lo que más cansancio nos trae. A esto último apunta precisamente Köhler cuando cita a Handke, que procede de una cultura especialmente mitómana, tradicional y desconfiada de los artistas, y está acostumbrado a la idea generalizada de que si un individuo no pasa más de ocho horas diarias «fabricando», entonces es que está perdiendo el tiempo. Frente al cansancio de una vida de escritor, en aquel libro Peter Handke nos hablaba de cómo ha ejercitado una habilidad que tenía cubierta por culpa de tanta obligación de producir: la observación.

La cultura, escribe Gregorio Luri en su epílogo a El tiempo regalado, tiene la tarea principal «de mentirnos con respecto a nuestra naturaleza». Para eso nació el arte, para reflejar nuestra verdadera naturaleza ante las mentiras que no dejamos de producir. Y una de las mentiras más grandes de nuestra cultura es que no estamos hechos para aburrirnos, que esperar es una tragedia y que es preferible el caos a la pausa. Pero podemos aprender a aburrirnos, nos enseña (afortunadamente) Andrea Köhler. De hecho, ese aburrimiento es una importante fuerza creativa, una fuerza que es posible oponer a la aceleración y la fuga contemporáneas. De hecho, muchas de las grandes obras de la literatura del siglo XX surgieron desde el aburrimiento , y la mayoría de ellas incorporaba una reflexión sobre el aburrimiento y sobre la espera entre sus páginas. Y antes del siglo XX, Kierkegaard ya se preguntó qué sería la vida si en ella no se repitiese nada, si todo fuese novedoso y fugaz. El impertinente filósofo danés concluyó que la repetición «es la realidad y la seriedad de la existencia» y que quien la asume «ha madurado en la seriedad». Si toda nuestra existencia se basa en tratar de matar el tiempo, descuidaremos que el propósito verdadero del tiempo es eliminarnos a todos.

El pensamiento adherente

Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, George Steiner
Siruela, Madrid: 2015

De todas las razones que Steiner expone para abordar la tristeza que procede del pensamiento, la que me resulta más inquietante es la del discurrir de la razón como una materia adherente. No es posible dejar de pensar, nos dice, aunque lo que nos rodea parece empeñado en confirmar que el próximo paso que debemos dar es el de la involución intelectual. Qué irónica maldición para el ser humano, tanto que parece planeada: condenarle a dar vueltas, sin descanso, por los surcos de su reflexión. No poder elegir siquiera cuándo es el momento de detener ese discurrir. Nuestra condición incluye intentar evadirnos, sin éxito, de las ideas, como intentamos contener el agua entre las manos. Va más allá de la muerte esta condición, porque los muertos sí se detienen en los asuntos de los vivos a través de los libros.

En un artículo de 1915, Unamuno ya decía que el pensamiento que no nos duele como duele la tristeza no es más que un esqueleto del pensamiento, que no hay vida donde no hay dolor. Y continuaba: «me duelen las ideas y por eso se me retuercen y se me encrespan en las contorsiones del conceptismo». Porque para que las ideas tengan peso, y lleguen a algún lugar, estas deben pasar por el dolor de la síntesis.

Otra razón, tan sugerente como relevante, para sostener esa cualidad adherente (en eso consiste realmente la tristeza) del pensamiento es su privacidad, y en el centro de esa privacidad es donde residen la duda y la certeza, las pretensiones y las decepciones, la derrota, la contradicción, la esperanza, la metáfora y la creación. Tal vez por eso, ahora que se produce un cambio tan drástico en el pensamiento occidental (elevado a software por el uso de las nuevas formas de comunicación), es tan necesario renovar su fondo (el hardware) para que esa adherencia vital y consustancial al individuo no se pierda. Steiner nos ofrece parte de la información (porque es un autor que ha pasado a convertirse en manual), y seríamos unos desequilibrados si no le concediéramos un vistazo de vez en cuando.

Brote de luto

Te me moriste, José Luís Peixoto
Minúscula, Barcelona: 2017

Uno descubre que un autor(a) le ha alcanzado verdaderamente cuando lee aquella parte de su obra que consideraba secundaria y se tambalea la peor de sus presunciones: que ya conocía todo lo que hacía falta conocer sobre sus textos, que podía hablar de ese autor(a) como si de un miembro de la familia se tratase. ¿Por qué abrir ahora unas páginas que desde la primera sentencia están escritas desde la pérdida, entre la confesión y la memoria, sin literatura pero sin que se resienta la calidad literaria?

Durante casi una década de mi vida fui incapaz de leer libros como este. Lecturas como Desgracia impeorable de Peter Hanke, La isla de Giani Stuparich, o Una pena en observación de C. S. Lewis pueden ayudar, pero al final el duelo es un proceso tan personal que ninguna historia ajena sirve completamente para abstraernos de ese peso emocional; transcurren algunos años en los que se vive una sed de sal, se siente un empeño por negar y fingir que uno está terminando de recomponerse; nos justificamos constantemente con lo que no tiene justificación: somos una isla, y sin embargo permanecemos en lo profundo conectado a otra porción de tierra. No es posible una radical desconexión. Nuestra civilización procede del barro, y el barro no desaparece, se transforma y puede acabar formando parte de otra pieza de barro.

Cuando uno de los dos padres muere, este se aleja con una parte sustancial de nuestra identidad. Para eso existe el período del duelo: recordamos qué ha quedado en nosotros de la persona ausente (para bien o para mal), y pasamos por la obligación de decidir qué trataremos de conservar, y qué habremos de cambiar, qué dejaremos detrás de nosotros, y qué es necesario perdonar.

Este diminuto suspiro, en forma de lamento tras la muerte de su padre, fue escrito originalmente en 2001, y se encuentra situado entre las dos primeras novelas de Peixoto, quizá las más complicadas de leer por su estilo críptico y lleno de digresiones que apenas dejan un respiro, de imágenes opresivas y complejas. Por eso contrasta la sencillez, la corta extensión de las frases de Te me moriste (traducción al castellano de Antonio Sáez Delgado, y al catalán de Antoni Xumet Rosselló), y su cautivadora fluidez. Se podría describir a este libro como un pequeño milagro, como aquel que, en Cementerio de pianos, «hizo que las lágrimas se transformaran en lágrimas».

Reconociendo al fantasma

La primera vez que vi un fantasma, Solange Rodríguez Pappe
Candaya, Avinyonet del Penedès: 2018

Cuando me observo en el espejo no veo una hermosa criatura, ni un regalo del cielo, sino un monstruo deforme de la creación. Quizá por ese reconocimiento de mi verdadera condición es por lo que continúa intacto en mí, después de décadas indagando en el género del miedo y el espanto, el interés por las razas de noche y los seres caídos. Tal vez porque temo más a la vida que a la muerte es por lo que me despiertan desasosiego las habitaciones de hotel y lo primero que hago al llegar a un lugar completamente nuevo es comprobar dónde se encuentran las salidas de emergencia. Lo último que hago en cada mudanza es cubrir todos los espejos, porque conservo desde la adolescencia la conciencia desaforada de hallarme rodeado de elementos sobrenaturales. Podría decirse que creo en lo extraordinario pero lo extraordinario rara vez esconde algo bueno.

Es comprensible que para la mayoría de las personas todo lo que guarde relación con lo sobrenatural resulte incómodo en el momento en que ya no se debate sobre su existencia sino que se revela su presencia, lo que puede ocurrir en cualquier momento. Fritz Lang lo explicaba de otro modo. Decía que «ya no es la existencia de Dios, sino su ausencia, lo que tranquiliza al hombre». Pero es precisamente ese peso de lo espectral, ese «fantasma de gravedad» (como lo llama el poeta Christian Wiman) lo que se esconde, de múltiples formas, bajo la sábana de cada cuento que nos entrega la ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) en su última (escribo esto en 2019) colección de historias. 

Pero ¿de qué naturaleza son los fantasmas de los que nos habla Rodríguez Pappe? Para empezar, son reconfortantes cuando están presentes; es su cercanía, su tacto, lo que nos acompaña. También rompen las distancias entre la narración y el lector; no atraviesan las paredes, sino que las derriban. Sus ojos son numerosos: implican una mirada colectiva, una observación que no se quede en el interior, una búsqueda abierta de complicidades. Los fantasmas que aparecen en los cuentos de Solange conocen todos los trucos, y no dudarán en utilizarlos: crujidos, susurros, lamentos lejanos, o una confusión atmosférica que se encuentran situados al mismo nivel (con la misma importancia) que los diálogos de los seres normales (si es que es posible hablar de normalidad) y los cortos recorridos de los personajes, que casi nunca salen de sus habitaciones, y menos aún de sus pensamientos y de los nuestros.

Una cualidad ciertamente insólita de esta catedrática universitaria profundamente interesada en el género fantástico y en los estudios culturales acerca del fin del mundo es la de transportar a las cosas del suelo y el subsuelo a la realidad cotidiana, sin por ello abandonar las viejas tradiciones, los conflictos con la naturaleza (la fauna de sus cuentos es esencialmente invasora) y el regreso a los miedos de la infancia. Esta última característica es importante, porque lo que los lectores del fantástico y el terror queremos encontrar cuando acudimos a libros como este es justamente la invocación de aquellos hechos perturbadores más tempranos, tanto los hallados en la ficción como los que aún tiemblan en nuestras pesadillas, sociales y espirituales, como la luna en un lago. Por otro lado, entre los cuentos de mayor extensión («Matadora»,  «A tiempo para desayunar», «Paladar», o «Un hombre en mi cama»), abundan los recuerdos en forma de repetición, se reproducen los sueños, se espera en la quietud de la penumbra con todos los sentidos alerta, se aprende a confiar en los extraños, o se acoge con agrado las señales del cielo que preceden a la destrucción. Es decir, que los momentos de puro suspense ahondan en un lenguaje inconfundible y universal (el del miedo). Los cuentos de menor extensión, en cambio, flotan en esa corriente inquieta del mundo que nuestra piel debe interpretar cada día, cuando acabamos de despertarnos y nos miramos en el espejo para comprobar que todo sigue en su sitio, que nuestro rostro no haya variado hasta el punto de que ya no nos reconozcamos a nosotros mismos, un horror no tan atávico (pero igualmente verdadero) como el de no reconocer a los demás.

Por mi parte, no temo afirmar que el personaje lleno de recuerdos y de llagas que soy se reconoce ampliamente en esta sonata de espectros.

El poltergeist irreverente

Una vía para la insubordinación, Henri Michaux
Alpha Decay, Barcelona: 2015

En el siglo XXI hay pocas actitudes tan transgresoras como la santidad. Incluso para quien siente una fuerte atracción por lo sobrenatural esta afirmación resulta de lo más perturbadora. Porque además de la evidente carga de delirio que conlleva, incorpora una idea ciertamente inquietante: si no te encuentras con el demonio, no es por su inexistencia, sino por tu mediocridad. ¿Cómo puede uno no querer a H. Michaux? Los mayores problemas de nuestra sociedad tienen mucho que ver con el valor desmesurado del hecho, el acontecimiento, frente a la expresión imborrable de quien ha sido tocado por la gracia. Qué sosa es la letra por sí sola, y qué contundente la encarnación del espíritu en ella. La letra vacía mata, es un arma que se vuelve contra nosotros.

No es este el único acercamiento del poeta franco-belga a la cuestión: cuarenta años antes del presente ensayo publicó  Adversidades, exorcismos, en el que ya planteaba con cierta ambigüedad que un exorcismo se emplea para «mantener en jaque a los poderes circundantes del mundo hostil», adquiriendo el poema la función ritual necesaria para una correcta ejecución del mismo. Entre la teoría y la imaginación (este conflicto entre tratado y sermón suele producirse en su obra), Michaux presenta un breve relato acerca de la conciencia ante lo sobrenatural y en ocasiones repite una conclusión que coincide con la de uno de los testimonios que recoge: «volved a acostaros, no hay nada que temer». Pero no por lo inofensivo del fenómeno; hay que volver a la cama porque en la vigilia es cuando realmente nos enfrentamos a nuestros miedos. Así, explica Michaux, la levitación de objetos y los crujidos en el suelo son (aparte de más bellos que cualquier formulación abstracta) una manifestación del deseo de revolución que ahogamos continuamente con nuestra apelación al escepticismo. ¿Por qué Michaux detesta el escepticismo? Porque el escepticismo nunca apunta al escéptico, porque el escéptico siempre está satisfecho consigo mismo, por mucho que presuma de no conocer… y es que el escéptico nunca termina de conocer; pero Michaux dice: no termina de entender por su humildad, sino debido a su bajeza de espíritu. En un contexto donde el ojo nunca se cansa de observar y la lucidez es sustituida por la vehemencia, el mensaje de Michaux es, como mínimo, irreverente.

Lo que por otra parte nos sorprende es que no nos encontramos ante un discurso que arroje luz sobre los fenómenos paranormales que más desconciertan a quienes acuden a ellos preparados para quedar impresionados; tampoco estamos ante un manual filosófico sobre el espiritismo. No es esa la pretensión del libro. Dado que nuestra época tiene serios problemas de identidad y, como apunta Michaux, «hemos sobrestimado a los padres», se nos propone observar la fenomenología de las casas encantadas, las posesiones y los poltergeist de un modo distinto: el horror como camino de rebeldía, mantener la perplejidad como arma frente a la insana idealización de la desidia por parte de los mediocres, la necesidad de salir de nosotros mismos como modo de esquivar al demonio. O que quizá nos conviene saber que el miedo a la condenación («la obsesión por las culpas») dista mucho de la piedad o la espiritualidad, que hay zonas oscuras en la burocracia a las que ni siquiera el demonio tiene acceso.