La infancia irrecuperable

Young Austerlitz, W. G. Sebald
Penguin (UK), 2015

Las imágenes más poderosas de mi infancia tienen que ver con trenes y estaciones. No fue hasta que cumplí trece que tuvimos un coche que permitiese el recorrido Málaga—Arjonilla—Málaga que realizábamos varias veces al año para visitar a mi familia paterna. Contábamos con un Seat amarillo de tercera mano que sobrevivió a las inundaciones de mi ciudad a principios de los noventa; pero amenazaba con calentarse y derretirse en cualquier momento, y era preferible usarlo en el centro, para recurrir al transporte público y encontrar pronto un taller llegado el caso. Desde entonces, todos los sueños que he tenido conduciendo un coche (no tengo carnet de conducir) se han producido en aquel curioso utilitario.

Pero hablaba de los trenes y de las estaciones, de cuando los viajes no se hacían largos (aunque lo eran), se conocían personajes extravagantes, se comían bocatas de chorizo y la expansión y apertura al exterior de Europa parecía que debía pasar por la alta velocidad. De cuando las vías de tren eran un verdadero progreso.

También la llegada de un tren a una estación marcó la infancia del joven Austerlitz. La breve narración de la estancia en Gales (que me recordaba a su vez un relato de Dylan Thomas y una canción de John Cale sobre la Navidad de un muchacho en la región) es el episodio que más me conmovió de la novela de W. G. Sebald (Austerlitz), una pequeña gema dentro de un libro que muestra cómo la identidad y la historia de los primeros quince años de un hombre se han desintegrado al volver a Praga y comprobar que no queda nada allí de sus primeros años, que el paso del nazismo por Checoslovaquia ha arrasado con la memoria sin necesidad de instalar un campo de concentración; lo que nos lleva a darnos cuenta, entre otras cosas, de que los horrores derivados de un conflicto sacuden los cimientos de una sociedad, nos identifiquemos con ella o no; que incluso los espectros insistentes y los desaparecidos pueden perder su patria.

Uno de mis cumpleaños recibí este relato incluido dentro de la novela en una sencilla edición de Penguin, editado como parte de una colección conmemorativa del 70º aniversario de la editorial. No he releído otros fragmentos del texto completo (aunque estoy deseando encontrar un hueco para regresar a él, como el mismo Austerlitz regresa a la comodidad de un andén), si bien he repasado este episodio en contadas ocasiones. Sebald estaba especialmente orgulloso del fragmento, ya que en cierto modo sintetizaba su temática habitual y su estilo narrativo: el arraigo a un lugar, o a un objeto, que en esta ocasión contienen una apariencia volátil, el humo de la estación en la vida ociosa tan europea, y las alas de los insectos tan comunes en su afición a la entomología.

El modo en que una persona encaja y entiende su infancia determina gran parte de su carrera. La de Austerlitz en Gales está relacionada con la voz y la elocuencia de Elias, predicador metodista de un pueblo apartado del mundo, que acaba abatido ante la lectura de Jeremías; Austerlitz asocia el andén de un tren a sus padres adoptivos, también al descubrimiento de que una parte sustancial de su memoria primera, de su infancia en un país extranjero, es fruto de una mentira.

Este desconcierto que resulta de no poder conocer su pasado le conduce a una visión errática de sí mismo y de Europa, una oscuridad como la de la sombra entre las ruinas, un vacío en un futuro incierto del que, como mucho, solo podemos intuir una arquitectura, un andamiaje. Me acuerdo de la cita que el ucraniano Yuri Andrujovich emplea para su Revisión Centroeuropea, tomada de un niño llamado Gabriel:

Las personas se mueren, pero su esqueleto vive para siempre.

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Revolución contra la revolución

Insumisa, Yevguenia Yarovslávskaia-Markón
Armaenia Editorial, Madrid: 2018

En los regímenes totalitarios el papel es lo primero que se resiente. La autobiografía de Yarovslávskaia-Markón, fusilada a los veintinueve años, en 1931, en el campo de trabajo de las islas Solovkí (unos meses después que su marido, el poeta Aleksander Yarolavski), recoge esta preocupación: “El papel ha desaparecido de nuestra Unión”. Insumisa es un relato redactado con la crudeza y la honestidad de quien sabe que va a morir. En este carácter me recuerda a la primera parte de El Vértigo, de Eugenia Ginzburg: ambas sufrieron por la vida de sus manuscritos tanto como por las suyas propias; su talento literario, más allá del testimonio, clarifica los hechos; en una decisión audaz, las dos se situaron en el centro del huracán, en una zona de serenidad aparente.

Irina Fliege es la autora del postfacio de un volumen traducido por Marta Rebón, que viene acompañado de un revelador dossier de documentos relativos al encarcelamiento y ejecución de nuestra protagonista. En su texto Fliege nos narra, con la precisión que tanto amaba la brillante estudiante, la trayectoria de publicación del manuscrito original en inglés, y destaca el valor testimonial y judicial, pero ante todo histórico, de quien estuvo “enamorada perdidamente de la revolución” primero, dejó correr un año de juventud perdido (“me convertí en una persona extremadamente hipócrita y frívola”), se rebeló contra su educación burguesa, vivió en la calle, se apartó de la imagen de la heroína socialista, y con una voz implacable nos habla desde el fondo del abismo.

Ante su lenguaje áspero queda poco espacio para una réplica que también va dirigida a su autora: el estilo apresurado supone un desafío a su formación. De su padre recibió un amplio conocimiento en cultura germánica, el interés por la alta Edad Media, disciplinada pero respetuosa, y un cuidado sentido del gusto. De su madre heredó una larga estirpe de intelectuales revolucionarios, marcados por el Domingo Sangriento de 1905, comprometidos hasta la miopía con la causa bolchevique. Fue revolucionaria consigo misma, vegetariana y egoísta, irónica y curiosa, posthegeliana y autodestructiva. “Fui niña hasta los seis años”, nos dice. Pero dejó la infancia para buscar otra forma de inocencia: sentía atracción por todo lo que se encontrara defectuoso, defendía el perdón universal y hay fragmentos en los que parece ansiar la fatalidad. Reconocía al instante cualquier rasgo de lumpenproletariado, se sabía todas las canciones revolucionarias y las cantaba a pleno pulmón por las calles de Leningrado. “Era revolucionaria a pesar del hambre, de hecho, el hambre preparaba el espíritu con mayor efectividad que el cilicio. El hambre une”, rememora. Y más tarde: “Entonces lo mandé todo al cuerno”. Por qué la pequeña revolucionaria se enfrenta a la revolución es el motor interno del libro. La explicación, en parte, se encuentra en esa inocencia que acabamos de señalar: “La revolución de octubre me gustó incluso más que la de febrero”, que me recordó a una frase de Cuando el viento sopla (1986), aquella maravillosa película de Jimmy T. Murakami, sobre un matrimonio de ancianos británicos que se prepara para una hipotética Tercera Guerra Mundial: “Lo pasábamos tan bien en la guerra”.

Tal vez Yarovslávskaia-Markón intuyó, en medio del terrible silencio de su internamiento en el campo de trabajo, que era preciso mantener una revolución interna que nos defendiera de una revolución aceptable: “Cualquiera que sea el régimen en vigor, incluso el más progresista, no puede ser, bajo ningún concepto, revolucionario, pues aspira a mantenerse, no a caer”. Son más creíbles aquellos que se muestran insumisos ante sí mismos que quienes conquistan el tópico pensando que así brillarán dentro de una revolución que no comprenden, cuando esa revolución ya no interesa a nadie. Por eso, precisamente, es necesario este ejercicio desafiante y letal.