Archivo de la etiqueta: memorias

Dos vidas enteras

Memorias. Mi vida con Marina (1896-1991), Anastasía Tsvietáieva
Hermida Editores, Madrid: 2018

Sabemos que Anastasía Tsvietáieva nos ha encandilado cuando, apenas hemos pasado un par de páginas, leemos la escena en la que su hermana Marina va al teatro por primera vez y, totalmente absorta en la función, pela una naranja y deja caer las cáscaras al patio de butacas.

Caminar sin accidentes por el fino hilo entre el lirismo y la Historia es un trabajo complicadísimo. Hacerlo durante un libro tan extenso (1.210 páginas), sin agotar al lector, es algo que muy pocas personas pueden completar. Anastasía Tsvietáieva empleó toda su vida en el reconocimiento de su hermana Marina, la inclasificable autora del inagotable Mi madre y la música. Culminó esta función en 1992 (tenía 97 años), con la creación de un museo con su nombre en Moscú. Fue la cumbre de un trabajo titánico que cerraba el primer esfuerzo, en 1971, con la primera edición de sus Memorias. En abril de 2018 se reeditó el libro, con nuevos añadidos, una brillante traducción de Marta Sánchez-Nieves y Olga Korobenko y una excelente revisión que abarca hasta 1991, año en que con la disolución de la Unión Soviética se dispersaban también muchos de sus fantasmas.

El texto va más allá de ofrecernos un testimonio exhaustivo de la historia de Rusia durante el fatalista siglo XX. Para empezar, toma como punto de partida las revoluciones de 1917 (hubo dos ese año, aunque nos haya quedado en la memoria la del mes de octubre), fijando en el lector la idea de que nada más revolucionario que la infancia. Siempre he admirado los ejercicios biográficos que, sin ser exactamente biografías, se empeñan en profundizar en la vida de otro. Poner un talento propio, que casi siempre se pierde en espirales hacia el centro de uno mismo, al servicio de otro, es sencillamente un milagro. Pero es que además, estas Memorias están narradas con una intensidad poco habitual, encuadrando gran parte de la historia en los años de infancia y juventud de las dos hermanas, con esa conciencia de que hace falta suspender la historia, excluirnos de la explicación y justificación de una figura histórica y literaria para comprender verdaderamente la importancia desde una perspectiva fraternal. Al renunciar a hablar por entero de sí misma, la hermana de Marina consigue abarcar más de una vida. Cuando funde las dos memorias, la personal y la de su hermana, en un solo volumen nos demuestra que una vida no termina con la muerte sino con el olvido.

Las Memorias recorren la vida cultural de una sociedad continuamente zarandeada por conflictos internos y acontecimientos externos (como todas las sociedades, pero pocas llegaron hasta el punto de desgajarse como esa naranja del principio). Este es, fundamentalmente, un trabajo de observación desde la cultura. El padre de las Tsvietáieva, Iván, fue el fundador del Museo Pushkin, y la familia trató (a veces con alegría, otras por compromiso) con los grandes autores del siglo: Rilke, Boris Pasternak, Anna Ajmátova, y Gorki, que intercedió por Anastasía en 1933, en la primera de las varias detenciones que sufrió, observadas ahora como marcadores de etapa y no como un aviso recurrente. Porque uno aprende que cada detención era muy diferente de las demás.

Anastasía estuvo varios años deportada en Siberia junto a su hijo, a finales de los años treinta. Ella se mantuvo fuerte, aunque no obtuvo su rehabilitación hasta 1959. Marina y la mitad de su familia estuvieron exiliados en Berlín, Praga y París (su marido fue un contraespía soviético), y perdió a su hija menor Irina. Se suicidó al principio de la Gran Guerra Patria, en 1941, en Yelábuga, territorio donde confluyen el Volga y el Kama. Su rehabilitación llegó también tarde, en 1955.

Anastasía Tsvietáieva falleció en 1993. Cerró el libro y abrió el museo. Entre sus páginas, hasta su propia voz es la historia de una desconocida.

Anuncios

Revolución contra la revolución

Insumisa, Yevguenia Yarovslávskaia-Markón
Armaenia Editorial, Madrid: 2018

En los regímenes totalitarios el papel es lo primero que se resiente. La autobiografía de Yarovslávskaia-Markón, fusilada a los veintinueve años, en 1931, en el campo de trabajo de las islas Solovkí (unos meses después que su marido, el poeta Aleksander Yarolavski), recoge esta preocupación: “El papel ha desaparecido de nuestra Unión”. Insumisa es un relato redactado con la crudeza y la honestidad de quien sabe que va a morir. En este carácter me recuerda a la primera parte de El Vértigo, de Eugenia Ginzburg: ambas sufrieron por la vida de sus manuscritos tanto como por las suyas propias; su talento literario, más allá del testimonio, clarifica los hechos; en una decisión audaz, las dos se situaron en el centro del huracán, en una zona de serenidad aparente.

Irina Fliege es la autora del postfacio de un volumen traducido por Marta Rebón, que viene acompañado de un revelador dossier de documentos relativos al encarcelamiento y ejecución de nuestra protagonista. En su texto Fliege nos narra, con la precisión que tanto amaba la brillante estudiante, la trayectoria de publicación del manuscrito original en inglés, y destaca el valor testimonial y judicial, pero ante todo histórico, de quien estuvo “enamorada perdidamente de la revolución” primero, dejó correr un año de juventud perdido (“me convertí en una persona extremadamente hipócrita y frívola”), se rebeló contra su educación burguesa, vivió en la calle, se apartó de la imagen de la heroína socialista, y con una voz implacable nos habla desde el fondo del abismo.

Ante su lenguaje áspero queda poco espacio para una réplica que también va dirigida a su autora: el estilo apresurado supone un desafío a su formación. De su padre recibió un amplio conocimiento en cultura germánica, el interés por la alta Edad Media, disciplinada pero respetuosa, y un cuidado sentido del gusto. De su madre heredó una larga estirpe de intelectuales revolucionarios, marcados por el Domingo Sangriento de 1905, comprometidos hasta la miopía con la causa bolchevique. Fue revolucionaria consigo misma, vegetariana y egoísta, irónica y curiosa, posthegeliana y autodestructiva. “Fui niña hasta los seis años”, nos dice. Pero dejó la infancia para buscar otra forma de inocencia: sentía atracción por todo lo que se encontrara defectuoso, defendía el perdón universal y hay fragmentos en los que parece ansiar la fatalidad. Reconocía al instante cualquier rasgo de lumpenproletariado, se sabía todas las canciones revolucionarias y las cantaba a pleno pulmón por las calles de Leningrado. “Era revolucionaria a pesar del hambre, de hecho, el hambre preparaba el espíritu con mayor efectividad que el cilicio. El hambre une”, rememora. Y más tarde: “Entonces lo mandé todo al cuerno”. Por qué la pequeña revolucionaria se enfrenta a la revolución es el motor interno del libro. La explicación, en parte, se encuentra en esa inocencia que acabamos de señalar: “La revolución de octubre me gustó incluso más que la de febrero”, que me recordó a una frase de Cuando el viento sopla (1986), aquella maravillosa película de Jimmy T. Murakami, sobre un matrimonio de ancianos británicos que se prepara para una hipotética Tercera Guerra Mundial: “Lo pasábamos tan bien en la guerra”.

Tal vez Yarovslávskaia-Markón intuyó, en medio del terrible silencio de su internamiento en el campo de trabajo, que era preciso mantener una revolución interna que nos defendiera de una revolución aceptable: “Cualquiera que sea el régimen en vigor, incluso el más progresista, no puede ser, bajo ningún concepto, revolucionario, pues aspira a mantenerse, no a caer”. Son más creíbles aquellos que se muestran insumisos ante sí mismos que quienes conquistan el tópico pensando que así brillarán dentro de una revolución que no comprenden, cuando esa revolución ya no interesa a nadie. Por eso, precisamente, es necesario este ejercicio desafiante y letal.